Mujer sola en un salón acogedor junto a una ventana al atardecer, luz dorada cálida, momento de soledad elegida en paz

La soledad: cuando estar solo no significa sentirse solo

Hay palabras que utilizamos tanto que creemos saber exactamente qué significan.

Soledad es una de ellas.

Decimos que alguien está solo cuando no tiene compañía. Hablamos de personas solitarias cuando pasan mucho tiempo sin relacionarse con otros. Y, casi sin darnos cuenta, hemos terminado asociando la soledad con algo que deberíamos evitar.

Pero ¿y si estar solo y sentirse solo fueran cosas diferentes?

¿Y si hubiera personas que necesitan momentos de soledad para encontrarse consigo mismas?

¿Y si otras viven rodeadas de gente, tienen pareja, familia, amigos… y, sin embargo, sienten una soledad que no saben explicar?

En mis acompañamientos, la soledad aparece algunas veces de una forma muy particular.

No siempre llega diciendo: «Me siento sola».

A veces aparece disfrazada de cansancio, de irritabilidad, de una necesidad constante de estar ocupada o de esa sensación difícil de explicar de que nadie termina de comprenderte.

Y entonces aparecen las preguntas.

Porque la cuestión no es cuánto tiempo pasamos solos.

Quizá la pregunta sea:

¿Cómo me siento cuando estoy conmigo y cómo me siento cuando estoy con los demás?

Estar solo no es sentirse solo

Durante mucho tiempo hemos utilizado ambas expresiones como si fueran sinónimos.

Pero no lo son.

John Cacioppo, uno de los investigadores que más ha estudiado la soledad, puso el foco precisamente en esta diferencia: la soledad no depende únicamente de cuántas personas tenemos alrededor, sino de cómo percibimos nuestras conexiones y de si sentimos que nuestros vínculos responden a nuestras necesidades emocionales.

Esto me parece revelador.

Puedo pasar una tarde sola en casa, preparar un café, leer, caminar o simplemente permanecer en silencio y sentirme en paz.

Puedo sentarme rodeada de personas, participar en una conversación, sonreír y, al volver a casa, sentir un vacío difícil de nombrar.

Porque estar acompañado no significa necesariamente sentirse acompañado.

Hay una soledad que elegimos

También existe una soledad que necesitamos.

A veces necesitamos retirarnos.

Apagar el ruido.

No responder.

No tener que cuidar de nadie.

No tener que explicar cómo estamos.

Simplemente estar.

Creo que hemos aprendido a sospechar demasiado de estos momentos.

Si alguien decide pasar un domingo solo, podemos pensar que está triste. Si alguien necesita unos días de distancia, quizá asumamos que algo le ocurre.

Pero no siempre es así.

A veces estar solos es precisamente la manera que encontramos de volver a nosotros.

Por eso, cuando alguien me cuenta en un acompañamiento que necesita estar solo, no intento interpretar inmediatamente ese deseo.

Pregunto:

¿Qué ocurre dentro de ti cuando estás solo?

¿Te alivia?

¿Te angustia?

¿Te permite descansar?

¿Te ayuda a escucharte?

La misma conducta puede tener significados completamente diferentes.

Y también existe una soledad que no hemos elegido

Una pérdida.

Una separación.

Un cambio de ciudad.

Una ruptura.

Una nueva etapa vital.

Una maternidad o paternidad vivida desde el agotamiento.

Un cambio profesional.

O simplemente el descubrimiento de que las relaciones que antes nos sostenían ya no lo hacen de la misma manera.

Hay muchas formas de llegar a la soledad.

Y algunas duelen especialmente porque no las hemos elegido.

Pero aceptar que hoy me siento solo no significa resignarme a permanecer ahí.

Significa reconocer dónde estoy.

Y desde ahí preguntarme:

¿Qué necesito?

La soledad de sentirse incomprendido

Hay una frase que escucho de vez en cuando:

«Tengo gente a mi alrededor, pero me siento completamente sola.»

Y siempre me invita a detenerme.

Porque quizá detrás de ella no haya ausencia de compañía, sino ausencia de conexión. La persona puede tener pareja, hijos, familia o amigos y, sin embargo, sentir que no puede mostrarse tal y como es.

Lleva demasiado tiempo siendo la fuerte.

La que puede con todo.

La que escucha.

La que cuida.

La que resuelve.

La que nunca quiere preocupar a nadie.

Hasta que descubre algo doloroso:

estar rodeado de personas no garantiza sentirse visto.

Y entonces aparece una pregunta mucho más profunda que «¿por qué me siento sola?»:

¿Qué tipo de conexión estoy echando de menos?

A veces también estamos lejos de nosotros mismos

Hay otra forma de soledad de la que hablamos menos.

La que aparece cuando dejamos de estar conectados con nosotros.

Cuando llevamos tanto tiempo atendiendo responsabilidades, expectativas y necesidades ajenas que ya no sabemos qué queremos.

Cuando decimos que sí mientras dentro de nosotros aparece un no.

Cuando sabemos perfectamente qué necesitan los demás, pero no somos capaces de responder qué necesitamos nosotros.

A veces podemos sentirnos profundamente solos porque hemos perdido nuestra propia compañía.

Y entonces la soledad deja de ser solamente un problema que solucionar.

Puede convertirse también en una invitación a conocernos.

¿Necesito compañía o necesito conexión?

Ya sabemos que tener muchas personas alrededor no siempre significa sentirnos acompañados.

Podemos llenar nuestra agenda, responder mensajes, aceptar invitaciones, estar permanentemente conectados… y continuar sintiéndonos solos.

Porque no necesitamos más personas.

Necesitamos vínculos más auténticos.

Alguien con quien podamos mostrarnos vulnerables.

Una relación en la que podamos decir «hoy no puedo».

Un espacio donde no tengamos que interpretar ningún papel.

O necesitamos aprender a disfrutar de nuestra propia compañía.

Por eso, cuando la soledad aparezca, antes de intentar hacerla desaparecer, podemos sentarnos un momento junto a ella.

Y preguntarle:

¿Qué vienes a contarme?

Tal vez necesites pedir ayuda.

Tal vez necesites poner palabras a algo que llevas demasiado tiempo callando.

Tal vez necesites poner límites.

Tal vez necesites alejarte de una relación que te hace sentir más solo que tu propia soledad.

O quizá necesites descubrir que estar contigo también puede ser un lugar seguro.

No todas las soledades son iguales.

Comprender la nuestra es el primer paso para empezar a relacionarnos de otra manera con ella.

Para quedarte pensando

La próxima vez que aparezca ese pensamiento de «me siento solo», prueba a detenerte antes de buscar inmediatamente compañía.

Pregúntate:

¿Echo de menos estar con alguien o echo de menos sentirme conectado?

Puede que la respuesta te sorprenda.

«La soledad no proviene de no tener personas a nuestro alrededor, sino de no sentirnos conectados con ellas.»

— John T. Cacioppo

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Merche Zornoza
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