Actualización del artículo original «¿Emociones buenas y malas?» publicado en 2020.
Últimamente he observado que vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a estar bien. A pensar en positivo. A mantener la calma. A no enfadarnos. A superar cuanto antes la tristeza.
Y, sin darnos cuenta, hemos empezado a creer que sentir determinadas emociones significa que algo en nosotros no funciona.
Pero ¿y si el problema no fueran nuestras emociones?
¿Y si el verdadero problema fuera la relación que hemos aprendido a tener con ellas?
Las emociones no son el enemigo
Con el paso de los años he comprendido que ninguna emoción aparece por casualidad. Todas llegan con un propósito.
- La alegría nos recuerda aquello que da sentido a nuestra vida.
- El miedo intenta protegernos.
- La tristeza nos ayuda a aceptar una pérdida.
- La ira señala que algo importante para nosotros ha sido vulnerado.
Incluso la vergüenza o la culpa, aunque a veces resulten difíciles de sostener, contienen información valiosa sobre cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás.
Las emociones no vienen a hacernos daño. Vienen a decirnos algo. El sufrimiento suele aparecer cuando dejamos de escucharlas.
No somos nuestras emociones
Hay una idea que me ha acompañado en los últimos años y que cada vez cobra más sentido. Sentir una emoción no significa convertirse en ella.
No somos una persona enfadada porque hoy sintamos ira. No somos una persona débil porque hoy aparezca la tristeza. No somos una persona insegura porque sintamos miedo.
Las emociones son estados. Nos visitan. Nos atraviesan. Y, si les permitimos cumplir su función, también se transforman. Cuando intentamos retenerlas o expulsarlas a toda costa, es cuando suelen quedarse más tiempo del que desearíamos.
Lo que la ciencia nos está enseñando
Durante mucho tiempo se pensó que las emociones eran reacciones automáticas e inevitables. Hoy sabemos que la realidad es mucho más compleja.
La neurociencia explica que nuestro cerebro interpreta continuamente lo que ocurre dentro y fuera de nosotros para dar sentido a la experiencia que vivimos. Nuestras emociones no dependen solo de lo que sucede, sino también de nuestra historia, nuestras creencias, nuestro cuerpo y el contexto en el que nos encontramos.
Esto significa que dos personas pueden vivir la misma situación y experimentar emociones completamente distintas. No porque una esté equivocada. Sino porque cada una interpreta la realidad desde un mapa diferente.
Y esa idea me parece profundamente esperanzadora. Porque si nuestra manera de interpretar influye en cómo sentimos, también podemos aprender nuevas formas de relacionarnos con nuestras emociones. Te dejo aquí un artículo sobre autoconocimiento que complementa esta reflexión.
Cómo saber si estás luchando contra tus emociones
Quizás te reconozcas en alguna de estas situaciones:
- Intentas distraerte constantemente para no sentir.
- Te juzgas por estar triste, enfadado o asustado.
- Necesitas que una emoción desaparezca cuanto antes.
- Piensas que mostrar vulnerabilidad es un signo de debilidad.
- Reaccionas impulsivamente y después te arrepientes.
- Te cuesta poner nombre a lo que estás sintiendo.
Si alguna de ellas forma parte de tu vida, no significa que estés haciendo algo mal. Significa, simplemente, que quizás nadie te enseñó a relacionarte con tus emociones de una manera diferente. Si quieres explorar tus heridas emocionales, ese puede ser un buen punto de partida.
Aprender a escuchar antes de reaccionar
No siempre podemos elegir lo que sentimos. Pero sí podemos decidir qué hacemos con ello.
Antes de responder impulsivamente, podemos detenernos. Respirar. Preguntarnos:
- ¿Qué emoción está intentando hablarme?
- ¿Qué necesidad hay detrás de lo que siento?
- ¿Qué está intentando proteger esta emoción?
Muchas veces descubrimos que, debajo del enfado, hay miedo. Que detrás de la exigencia aparece el deseo de sentirnos suficientes. O que bajo la tristeza existe un profundo amor por aquello que hemos perdido.
Cuando dejamos de pelear con nuestras emociones, empezamos a comprendernos mejor. Y esa comprensión transforma la manera en la que vivimos. Te invito también a leer el artículo sobre mindfulness y atención plena como práctica para estar presente con lo que sientes.
Una invitación para hoy
La próxima vez que una emoción difícil aparezca, en lugar de preguntarte ¿cómo hago para dejar de sentir esto?, prueba con otra pregunta:
¿Qué viene esta emoción a enseñarme?
Quizás no obtengas una respuesta inmediata. Pero solo el hecho de escucharla con curiosidad, en lugar de con rechazo, ya cambia la forma en que te relacionas contigo.
Porque comprender nuestras emociones no consiste en controlarlas. Consiste en aprender el lenguaje con el que nuestra vida interior intenta comunicarse con nosotros.
“Las emociones son datos, no directivas.”
— Susan David
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