Este artículo cierra la serie sobre el sistema nervioso que comencé con «No estás roto, tu sistema nervioso está intentando protegerte», continué con «¿Cómo saber si tu sistema nervioso vive en modo supervivencia?» y con «Cinco formas de ayudar a tu sistema nervioso a recuperar la calma». Hoy descubrimos la teoría que lo explica todo.
¿Te ha ocurrido alguna vez que sabes que no existe un peligro real y, aun así, tu cuerpo actúa como si lo hubiera?
El corazón se acelera.
La respiración cambia.
Notas un nudo en el estómago.
O, por el contrario, te quedas sin energía, como si todo diera igual.
Y entonces aparece la pregunta que tantas personas se hacen:
«Si sé que no pasa nada… ¿por qué mi cuerpo sigue reaccionando así?»
Durante mucho tiempo pensamos que primero pensábamos y después sentíamos.
Hoy sabemos que, muchas veces, ocurre justo al revés.
Nuestro cuerpo detecta si estamos seguros o en peligro antes incluso de que seamos conscientes de ello.
Y aquí es donde entra una de las teorías más fascinantes de la neurociencia moderna: la teoría polivagal, desarrollada por el neurocientífico Stephen Porges.
No necesitas aprender términos complejos para comprenderla.
Solo necesitas imaginar que, dentro de ti, existe un sistema encargado de hacer una pregunta constante.
Una pregunta que tu cuerpo nunca deja de hacer
La pregunta es muy sencilla:
«¿Estoy a salvo?»
Tu sistema nervioso responde a esa pregunta miles de veces cada día.
No lo hace utilizando palabras.
Lo hace observando expresiones faciales, tonos de voz, posturas corporales, recuerdos, sensaciones físicas, el entorno e incluso el ritmo de tu respiración.
Todo ocurre de manera automática.
Antes de que puedas razonarlo.
Antes de que puedas decidir.
Y, según la respuesta, activa uno de tres estados.
No son buenos ni malos.
Son formas de protegerte.
Primer estado: cuando te sientes seguro
Piensa en un momento en el que estabas conversando con alguien que te hacía sentir tranquilo.
No necesitabas demostrar nada.
Podías reír.
Escuchar.
Pensar con claridad.
Sentirte presente.
En ese estado resulta más fácil aprender, crear, tomar decisiones, conectar con otras personas y disfrutar de la vida.
No porque desaparezcan los problemas.
Sino porque tu sistema nervioso interpreta que dispone de recursos suficientes para afrontarlos.
Este es el estado desde el que realmente florecemos.
Segundo estado: cuando aparece la alarma
Ahora imagina que recibes una llamada inesperada con una mala noticia.
O que alguien levanta la voz.
O que sientes que puedes perder algo importante.
Tu cuerpo no espera a que termines de analizar la situación.
Se prepara.
El corazón late más deprisa.
Los músculos se tensan.
La atención se centra en el posible peligro.
Puedes sentir irritabilidad, ansiedad, necesidad de controlar, de discutir, de huir o de resolverlo todo inmediatamente.
No estás fallando.
Tu sistema nervioso está intentando mantenerte a salvo.
El problema aparece cuando permanece atrapado en este estado durante demasiado tiempo.
Entonces vivir deja de ser vivir y se convierte en sobrevivir.
Tercer estado: cuando protegerse significa desconectarse
Existe otra forma de protección mucho menos conocida.
Cuando el sistema nervioso percibe que luchar o escapar ya no es posible, activa un mecanismo diferente.
Reduce la energía.
Disminuye la conexión emocional.
Aparece la sensación de apatía, bloqueo o desconexión.
Muchas personas dicen cosas como:
«No siento nada.»
«Me cuesta levantarme.»
«Es como si estuviera viendo mi vida desde fuera.»
Lejos de ser un signo de debilidad, este estado también representa un intento de supervivencia.
Es la forma que encuentra el organismo de ahorrar energía cuando percibe que no existen alternativas.
La clave que cambia la manera de mirarnos
Quizá la mayor aportación de la teoría polivagal no sea explicar cómo funciona el sistema nervioso.
Quizá sea cambiar la pregunta.
En lugar de preguntarnos:
«¿Qué me pasa?»
Podemos empezar a preguntarnos:
«¿Qué ha vivido mi sistema nervioso para reaccionar así?»
Ese pequeño cambio transforma por completo nuestra relación con nosotros mismos.
Sustituye el juicio por curiosidad.
La culpa por comprensión.
La exigencia por cuidado.
Regular no significa no sentir
A veces confundimos la regulación emocional con vivir siempre tranquilos.
No es eso.
Un sistema nervioso regulado también siente miedo.
También se enfada.
También llora.
La diferencia es que puede atravesar esas emociones y regresar después a un estado de seguridad.
No se queda atrapado en ellas.
Regularse no consiste en eliminar las emociones.
Consiste en recuperar la capacidad de volver a casa después de cada tormenta.
La seguridad también se aprende
Durante esta serie hemos hablado de comprender el sistema nervioso, de reconocer cuándo vive en modo supervivencia y de pequeñas acciones que pueden ayudarle a recuperar la calma.
Todo ello tiene un mismo objetivo.
Enseñarle algo que quizá olvidó hace mucho tiempo.
Que hoy existen lugares, personas y momentos donde puede bajar la guardia.
Que no todo es una amenaza.
Que la vida también puede experimentarse desde la confianza.
Porque el verdadero cambio no comienza cuando dejamos de sentir miedo.
Comienza cuando nuestro cuerpo descubre que ya no necesita vivir gobernado por él.
Y quizá esa sea una de las formas más profundas de transformación.
No convertirnos en alguien diferente.
Sino ayudar a nuestro sistema nervioso a recordar cómo se siente vivir desde la seguridad.
«La seguridad no es solo un estado físico; es un estado biológico que hace posible la conexión, el aprendizaje y el crecimiento.»
Stephen Porges
Si esta serie te ha ayudado a comprenderte un poco mejor, me encantará leerte en los comentarios. Cada experiencia compartida puede convertirse en un puente para que otras personas descubran que no están solas.
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