Autoestima y autocompasión. La forma en la que te hablas también construye tu vida
He observado que muchas personas son capaces de ofrecer comprensión, paciencia y cariño a quienes aman.
Escuchan.
Acompañan.
Perdonan.
Animan.
Sin embargo, cuando se equivocan ellas mismas, el diálogo cambia por completo.
Se juzgan.
Se exigen.
Se comparan.
Se culpan.
Como si el amor y la comprensión fueran un regalo reservado para los demás, pero nunca para uno mismo.
Y quizá ahí comienza una de las relaciones más importantes de nuestra vida: la que mantenemos con nosotros mismos.
Ya exploré en su día cómo nos hablamos a nosotros mismos determina gran parte de nuestro bienestar. Este artículo es una evolución natural de aquella reflexión.
¿Qué entendemos por autoestima?
Con frecuencia pensamos que tener autoestima consiste en sentirse seguro, fuerte o confiar plenamente en uno mismo.
Pero la autoestima va mucho más allá.
Es la valoración que hacemos de quienes somos.
La manera en que nos hablamos cuando nadie nos escucha.
La forma en que interpretamos nuestros errores.
La capacidad de reconocer nuestro propio valor sin necesidad de demostrar constantemente que lo merecemos.
No significa creer que somos perfectos.
Significa recordar que seguimos siendo valiosos incluso cuando nos equivocamos.
Cuando nuestro mayor crítico vive dentro de nosotros
Muchas veces no necesitamos que nadie nos juzgue.
Ya lo hacemos nosotros.
Con frases que repetimos casi sin darnos cuenta.
«No soy suficiente.»
«Siempre hago todo mal.»
«No debería sentirme así.»
«Los demás pueden, yo no.»
Con el tiempo, ese diálogo interno termina convirtiéndose en una voz familiar.
Tan familiar que dejamos de cuestionarla.
Y empezamos a creer que dice la verdad.
Pero no todo lo que pensamos refleja la realidad.
A veces solo refleja la manera en la que aprendimos a mirarnos.
Tomar conciencia de esa voz interior y aprender a distinguirla de quienes somos realmente es el primer paso del autoconocimiento: el camino hacia una vida más consciente.
¿Qué es la autocompasión?
La palabra compasión suele generar cierta confusión.
Algunas personas la relacionan con debilidad o con resignación.
Sin embargo, la autocompasión no consiste en justificarnos constantemente ni en evitar la responsabilidad sobre nuestras acciones.
La autocompasión consiste en tratarnos con la misma comprensión con la que trataríamos a una persona que queremos.
Es reconocer nuestro dolor sin castigarnos por sentirlo.
Es aceptar que equivocarse forma parte de la experiencia humana.
Y recordarnos que no necesitamos ser perfectos para merecer respeto, cuidado y amor.
Tres pilares de la autocompasión
La investigadora Kristin Neff, una de las mayores referentes mundiales en este ámbito, explica que la autocompasión se apoya en tres elementos fundamentales.
- Amabilidad hacia uno mismo
Hablarte con respeto incluso cuando las cosas no salen como esperabas. No porque ignores tus errores. Sino porque sabes que el aprendizaje necesita comprensión más que castigo. - Humanidad compartida
Recordar que no estás solo. Todos nos equivocamos. Todos sentimos miedo. Todos atravesamos momentos difíciles. Comprender esto reduce el sentimiento de aislamiento y nos ayuda a mirar nuestra experiencia con mayor perspectiva. - Atención plena
Observar lo que sentimos sin exagerarlo ni minimizarlo. Permitir que las emociones estén presentes sin dejar que definan completamente quiénes somos. Esta capacidad de estar con lo que sentimos sin identificarnos plenamente es la esencia del mindfulness.
Algunas señales de que quizá necesites cultivar una relación más amable contigo
Puede que este artículo resuene contigo si…
- Te exiges mucho más de lo que exigirías a cualquier otra persona.
- Sientes culpa con frecuencia cuando priorizas tus propias necesidades.
- Necesitas la aprobación de los demás para sentir que haces las cosas bien.
- Te comparas constantemente y casi siempre sales perdiendo.
- Te cuesta reconocer tus logros porque siempre encuentras algo que podrías haber hecho mejor.
- Piensas que solo mereces descansar cuando todo está perfecto.
Si te has reconocido en alguna de estas situaciones, quiero decirte algo importante.
No hay nada roto en ti.
Quizá simplemente llevas demasiado tiempo hablándote desde la exigencia y demasiado poco desde la comprensión.
La autoestima también se construye en los pequeños gestos
No cambia únicamente cuando conseguimos grandes objetivos.
También cambia cuando aprendemos a poner límites.
Cuando dejamos de compararnos.
Cuando celebramos nuestros avances, por pequeños que sean.
Cuando aceptamos que descansar también es una forma de cuidarnos.
Cuando empezamos a hablarnos como hablaríamos a alguien a quien queremos profundamente.
Porque la autoestima no nace de hacer más.
Muchas veces nace de dejar de tratarnos como si nunca fuéramos suficientes.
Una invitación para hoy
Quiero proponerte un pequeño ejercicio.
Piensa en una persona a la que quieres mucho.
Imagina que está atravesando exactamente la misma situación que tú.
¿Qué le dirías?
¿Cómo la mirarías?
¿La juzgarías con la misma dureza con la que te juzgas a ti?
Ahora cambia su nombre por el tuyo.
Y pregúntate si no ha llegado el momento de empezar a ofrecerte esa misma comprensión.
Quizá la relación que más necesita tu cuidado no sea la que mantienes con los demás.
Quizá sea la que mantienes contigo.
Como ya exploramos en «Las relaciones que construimos con los demás suelen reflejar la relación que mantenemos con nosotros mismos», la forma en que nos tratamos acaba proyectándose inevitablemente en todos los vínculos de nuestra vida.
Porque cuando aprendemos a tratarnos con respeto, paciencia y amabilidad, dejamos de vivir intentando demostrar que somos suficientes.
Y empezamos, por fin, a creer que ya lo somos.
«Con la autocompasión nos damos a nosotros mismos la misma bondad y el mismo cuidado que ofreceríamos a un buen amigo.»
— Kristin Neff
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