Hay personas que viven cansadas incluso después de dormir.
Personas que reaccionan con intensidad a situaciones que, aparentemente, no son tan graves.
Personas que sienten ansiedad sin entender por qué, que viven en alerta constante o que, simplemente, han dejado de sentir.
Durante mucho tiempo pensé que esas respuestas significaban que algo en nosotros estaba mal.
Hoy sé que, en la mayoría de los casos, no es así.
Lo que ocurre es que nuestro sistema nervioso está haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñado: protegernos.
Un guardián que no descansa
Imagina que dentro de ti vive un guardián cuya única misión es mantenerte con vida.
No le preocupa que seas feliz.
No le preocupa que cumplas tus sueños.
Ni siquiera le preocupa que disfrutes de tus relaciones.
Su única prioridad es detectar cualquier posible amenaza y reaccionar antes de que sea demasiado tarde.
Ese guardián es tu sistema nervioso.
Desde que nacemos registra experiencias, interpreta el entorno y aprende qué lugares, personas o situaciones son seguras y cuáles podrían representar un peligro.
El problema aparece cuando ha vivido demasiado tiempo en estado de alerta.
Entonces comienza a detectar amenazas incluso donde ya no las hay.
Cuando sobrevivir se convierte en la forma de vivir
Muchas personas creen que el estrés es solo una etapa.
Pero cuando el estrés se prolonga durante meses o años, el cuerpo deja de distinguir entre una amenaza puntual y una forma habitual de vivir.
Aparecen entonces respuestas que solemos interpretar como defectos personales.
Nos culpamos por estar irritables.
Nos exigimos dejar de preocuparnos.
Intentamos controlar pensamientos que no dejan de aparecer.
Y cuanto más luchamos contra ellos, más intensos parecen volverse.
No porque seamos débiles.
Sino porque nuestro sistema nervioso sigue convencido de que necesita mantenernos preparados.
No todo ocurre en la mente
Durante años hemos intentado resolver muchos problemas únicamente pensando diferente.
Y, aunque nuestros pensamientos tienen una enorme influencia, no siempre basta con cambiar la forma de pensar.
El cuerpo también recuerda.
Recuerda el miedo.
Recuerda el rechazo.
Recuerda la incertidumbre.
Recuerda todo aquello que un día interpretó como peligro.
Por eso, a veces, sabemos racionalmente que estamos a salvo y, sin embargo, seguimos sintiendo ansiedad, tensión o bloqueo.
No es incoherencia.
Es biología. Y cuando hablamos de heridas que el cuerpo guarda, no hablamos de debilidad: hablamos de memoria.
La buena noticia
Si el sistema nervioso ha aprendido a vivir en alerta, también puede aprender a sentirse seguro.
No sucede de un día para otro.
No existen soluciones mágicas.
Pero sí pequeños gestos que envían al cuerpo un mensaje diferente.
Dormir mejor.
Mover el cuerpo con amabilidad.
Permanecer con personas que generan calma en lugar de tensión.
Poner límites.
Hablar con alguien que nos escucha sin juzgar.
Practicar la autocompasión cuando sentimos que volvemos a reaccionar como antes.
Cada una de esas acciones le dice a nuestro sistema nervioso algo muy sencillo:
«Ahora mismo estás a salvo.»
Y cuando el cuerpo comienza a creerlo, la mente también empieza a descansar.
Comprender antes que cambiar
En el acompañamiento personal suelo repetir una idea que considero esencial:
No podemos transformar aquello que primero no comprendemos.
Muchas personas llegan pensando que necesitan ser más fuertes, más disciplinadas o más positivas.
Pero lo que realmente necesitan es dejar de luchar contra un cuerpo que lleva demasiado tiempo intentando protegerlas.
Quizá no estés roto.
Quizá solo llevas demasiado tiempo sobreviviendo.
Y sobrevivir, aunque fue necesario en algún momento, no es el lugar desde el que estamos llamados a vivir.
Porque la verdadera transformación no comienza cuando dejamos de sentir miedo.
Comienza cuando entendemos que ese miedo no siempre es un enemigo.
Muchas veces es un mensajero que nos invita, con toda la fuerza de nuestro sistema nervioso, a volver a construir un lugar seguro dentro de nosotros.
«La seguridad no es la ausencia de peligro; es la presencia de conexión.»
Stephen Porges
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