Esta reflexión forma parte de una pequeña serie que he comenzado con «La soledad: cuando estar solo no significa sentirse solo».
Hay una diferencia entre estar acompañado y sentirse parte.
Y quizá no siempre somos capaces de verla.
Podemos tener amigos, familia, compañeros de trabajo, una pareja, incluso formar parte de distintos grupos y, aun así, experimentar esa sensación difícil de explicar de estar un poco fuera.
Como si estuviéramos dentro, pero no termináramos de pertenecer.
En mis acompañamientos, cuando aparece esta sensación, muchas veces la persona comienza diciendo:
«No sé qué me pasa. Tengo gente a mi alrededor, pero siento que no encajo.»
Y entonces me gusta detenerme ahí.
No para buscar rápidamente una solución.
Sino para comprender qué significa realmente no encajar.
Porque quizá el problema no sea que no tengamos un lugar.
Quizá llevemos demasiado tiempo intentando ocupar un lugar que no está hecho para nosotros.
Pertenecer no es lo mismo que encajar
Durante mucho tiempo pensé que pertenecer significaba encontrar nuestro sitio.
Encontrar a nuestra gente.
Adaptarnos a un grupo.
Sentir que compartimos códigos, intereses o maneras de entender la vida.
Pero cada vez tengo más claro que hay una diferencia importante entre encajar y pertenecer.
Encajar puede implicar adaptarnos a lo que ya existe.
Pertenecer, en cambio, tiene algo mucho más profundo: poder estar sin tener que dejar de ser quienes somos.
Y aquí aparece una pregunta que puede resultar incómoda:
¿Cuánto de mí estoy dispuesto a esconder para sentir que pertenezco?
Quizá modificamos nuestra forma de hablar.
Callamos determinadas opiniones.
Nos reímos de cosas que no nos hacen gracia.
Aceptamos planes que no queremos.
Intentamos parecer más seguros, más divertidos, más fuertes o más disponibles.
No porque alguien nos lo haya pedido directamente.
A veces ni siquiera somos conscientes de que lo hacemos.
Simplemente aprendimos que para ser aceptados había determinadas partes de nosotros que era mejor guardar.
La necesidad de pertenecer nos acompaña desde siempre
Sentir que formamos parte de algo no es una necesidad superficial.
Los seres humanos somos seres profundamente sociales. Necesitamos vínculos, reconocimiento y conexión.
De hecho, la investigación de autores como Baumeister y Leary ha mostrado la importancia de la necesidad de pertenencia como una motivación humana fundamental.
Y quizá por eso el rechazo puede doler tanto.
Porque cuando sentimos que no somos aceptados, no solo estamos recibiendo información sobre una relación concreta.
En ocasiones, nuestro cerebro interpreta que nuestro lugar dentro del grupo está en peligro.
Y entonces podemos empezar a hacer algo muy humano:
adaptarnos para no quedarnos fuera.
El problema aparece cuando esa adaptación se convierte en una forma de vivir.
¿Cuánto de ti dejas fuera para poder entrar?
Esta pregunta me parece especialmente poderosa.
Porque a veces hablamos de aceptación como si dependiera exclusivamente de los demás.
«No me aceptan.» «No me entienden.» «No encajo con ellos.»
Y, por supuesto, hay lugares y relaciones en los que realmente no somos aceptados.
Pero también merece la pena mirar hacia dentro.
¿Estoy mostrando quién soy?
¿O estoy mostrando la versión de mí que creo que los demás esperan?
Puede que lleves tanto tiempo intentando agradar que ya no tengas muy claro qué cosas haces porque realmente las quieres y cuáles haces para evitar decepcionar.
Puede que hayas aprendido a decir que sí para que no te excluyan.
O a no expresar lo que piensas para evitar conflictos.
O a convertirte en esa persona que siempre está disponible.
Hasta que un día aparece una sensación extraña:
«Me quieren, pero no siento que me conozcan.»
Y eso puede doler mucho.
Porque ser aceptado por una versión de nosotros que hemos construido para agradar no siempre produce verdadera conexión.
Hay lugares en los que podemos ser nosotros mismos
Piensa por un momento en las personas con las que te relacionas.
- ¿Con quién puedes hablar sin medir cada palabra?
- ¿Con quién puedes reconocer que estás cansado?
- ¿Con quién puedes decir «no sé»?
- ¿Con quién puedes mostrarte vulnerable?
- ¿Con quién puedes cambiar de opinión sin sentir que decepcionas?
- ¿Con quién puedes permanecer en silencio sin sentir que tienes que llenar el espacio?
Quizá esas personas sean tus lugares de pertenencia.
Porque pertenecer no significa estar constantemente acompañado.
Significa poder bajar la guardia.
No tener que demostrar.
No tener que interpretar.
No tener que ser una versión mejorada de ti mismo.
Simplemente estar.
Cuando pertenecemos a lugares que ya no nos representan
Y aquí aparece otra situación que encuentro especialmente interesante.
A veces sí pertenecimos.
Hubo un momento en nuestra vida en el que aquel grupo, aquella relación, aquel trabajo o aquel entorno nos hacía sentir parte.
Pero nosotros cambiamos.
Y aquello también puede cambiar.
Comenzamos a tener otras prioridades.
Descubrimos nuevos intereses.
Dejamos de tolerar determinadas dinámicas.
Empezamos a poner límites.
Nos conocemos mejor.
Y de repente descubrimos que estamos intentando recuperar una sensación de pertenencia que ya no existe de la misma manera.
No necesariamente porque nadie haya hecho nada malo.
Simplemente porque nosotros ya no somos exactamente los mismos.
Y aceptar esto puede ser doloroso.
Porque algunas veces confundimos permanecer con ser leales.
Y creemos que alejarnos significa abandonar.
Pero quizá también exista una forma de honrar una relación reconociendo que perteneció a una etapa concreta de nuestra vida.
No todas las personas tienen que acompañarnos durante todo el camino
Esta idea me ha ayudado mucho a comprender las relaciones.
Hay personas que llegan para quedarse durante muchos años.
Otras nos acompañan durante una etapa.
Algunas nos enseñan.
Otras nos sostienen.
Algunas nos muestran partes de nosotros que necesitábamos descubrir.
Y también hay relaciones que, sencillamente, dejan de tener sentido.
Eso no significa necesariamente que hayan fracasado.
Quizá significa que nuestra vida ha cambiado.
Y cuando cambia nuestro territorio, también pueden cambiar las personas con las que queremos caminar.
No necesitamos convertir cada despedida en un conflicto.
Ni mantener cada vínculo a cualquier precio.
Podemos agradecer lo vivido y reconocer que ahora necesitamos otra cosa.
Pertenecer empieza también por pertenecernos
Quizá esta sea la parte que más me interesa.
Porque antes de preguntarnos:
«¿Dónde encajo?»
podríamos preguntarnos:
«¿Quién soy cuando no estoy intentando encajar?»
¿Qué me gusta realmente?
¿Qué necesito?
¿Qué valores quiero cuidar?
¿Qué límites ya no quiero cruzar?
¿Qué partes de mí he aprendido a esconder?
¿Qué cosas hago únicamente para sentirme aceptado?
Y, sobre todo:
¿Me siento cómodo siendo yo cuando estoy conmigo mismo?
Porque resulta difícil encontrar relaciones auténticas cuando nosotros mismos seguimos alejándonos de nuestra propia verdad.
Pertenecer también tiene algo que ver con reconocernos.
Con hacer espacio para nuestras contradicciones.
Con aceptar que no tenemos que gustarle a todo el mundo.
Con permitirnos ser diferentes.
Con comprender que ser nosotros mismos puede significar, en determinados momentos, dejar de pertenecer a algunos lugares.
Y quizá eso no sea una pérdida.
Quizá sea una forma de encontrarnos.
Una pequeña reflexión para llevarte contigo
Hoy quiero proponerte algo muy sencillo.
Piensa en tres personas de tu vida.
Y pregúntate:
¿Con cuál de ellas puedo ser realmente yo?
Después piensa en un lugar, un grupo o una relación en la que sientas que tienes que esforzarte demasiado para encajar.
Y observa:
¿Qué parte de mí estoy dejando fuera cuando estoy ahí?
No necesitas responder inmediatamente.
Simplemente observa.
Porque quizá el objetivo no sea conseguir que todas las personas nos acepten.
Quizá sea aprender a reconocer los lugares y las relaciones donde podemos ser nosotros sin pedir permiso para existir tal y como somos.
Y cuando empezamos a hacer eso, algo cambia.
Dejamos de buscar desesperadamente un lugar en el que encajar. Y comenzamos a construir relaciones en las que pertenecer y ser nosotros mismos pueden coexistir.
Para quedarte pensando
La próxima vez que sientas que no encajas, antes de preguntarte «¿qué tengo que cambiar para que me acepten?», prueba con otra pregunta:
¿Este es un lugar en el que puedo ser quien soy?
Puede que la respuesta no cambie el lugar.
Pero quizá cambie la forma en la que te miras dentro de él.
«El verdadero sentido de pertenencia no exige que cambies quién eres; exige que seas quien eres.»
— Brené Brown
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