Persona en una encrucijada entre dos caminos, uno que se disuelve en la niebla y otro bañado en luz dorada, al amanecer

Cuando la vida cambia y nuestras relaciones ya no encajan igual

Este artículo cierra la serie sobre la soledad, la pertenencia y la conexión, tras La soledad, No es que no tenga a nadie y La vulnerabilidad.

Hay momentos en la vida en los que no ha ocurrido nada especialmente grave y, sin embargo, algo ha cambiado.

Sigues teniendo las mismas personas alrededor.

Sigues hablando con ellas.

Quizá incluso las quieres profundamente.

Pero ya no te sientes exactamente igual cuando estás con ellas.

Las conversaciones han cambiado.

Tus intereses han cambiado.

Tus prioridades son otras.

Y algunas cosas que antes compartíais ya no tienen el mismo significado para ti.

Entonces aparece una sensación extraña:

«¿Qué está pasando si no ha ocurrido nada?»

En mis acompañamientos, esta pregunta aparece más de lo que pensamos.

Y muchas veces no estamos ante un problema de relaciones.

Estamos ante algo diferente:

nosotros hemos cambiado.

Hay cambios que también transforman nuestra manera de relacionarnos

A veces pensamos en los grandes cambios de la vida como acontecimientos concretos.

Cambiar de trabajo.

Mudarnos.

Separarnos.

Tener un hijo.

Perder a alguien.

Comenzar una nueva etapa.

Pero el cambio externo no siempre explica todo lo que ocurre dentro de nosotros.

William Bridges diferenciaba precisamente entre cambio y transición. El cambio es aquello que sucede fuera: una nueva situación, una pérdida, una decisión. La transición es el proceso interno mediante el cual vamos asimilando esa nueva realidad y reconstruyendo nuestra manera de estar en ella.

Y esto me parece especialmente importante cuando hablamos de relaciones.

Porque cuando nosotros cambiamos, también puede cambiar el lugar que ocupan determinadas personas en nuestra vida.

No necesariamente porque hayan hecho algo mal.

No necesariamente porque hayamos dejado de quererlas.

Simplemente porque nuestro territorio ha cambiado.

A veces dejamos de reconocernos en las conversaciones de siempre

Quizá antes disfrutabas de determinados planes y ahora ya no te apetecen.

Quizá aquellas conversaciones que antes te divertían ahora te dejan indiferente.

Quizá empiezas a necesitar más profundidad.

Más calma.

Más autenticidad.

Más espacio.

O quizá descubres que determinadas dinámicas que antes aceptabas ya no estás dispuesto a sostenerlas.

Y puede aparecer una sensación de culpa.

«¿Qué me pasa?»

«¿Me estaré volviendo demasiado exigente?»

«¿Por qué ya no disfruto como antes?»

Pero quizá no te esté pasando nada malo.

Quizá simplemente estás escuchando algo que antes no escuchabas.

Tus propias necesidades.

No todas las relaciones tienen que cambiar porque tú cambies

Esto también es importante.

Que tú estés atravesando una transformación no significa que todas tus relaciones tengan que transformarse contigo.

Hay personas que pueden acompañarnos perfectamente en nuestras diferentes etapas.

Otras quizá necesiten reajustarse.

Y algunas, sencillamente, dejarán de formar parte de nuestra vida cotidiana.

Esto puede resultar doloroso.

Porque tendemos a pensar que una relación que termina o se distancia ha fracasado.

Pero no siempre es así.

Hay personas que fueron importantes para nosotros y seguirán siéndolo aunque ya no ocupen el mismo lugar.

Hay amistades que pertenecen a una etapa concreta.

Personas con las que compartimos una versión de nosotros mismos.

Y reconocerlo no borra lo vivido.

Simplemente reconoce que la vida sigue moviéndose.

El duelo por una relación que todavía existe

Esta es una de las partes que más me interesa de este tema.

Porque no siempre perdemos a alguien para sentir que una relación ha terminado.

A veces la persona sigue ahí.

Seguís hablando.

Os seguís viendo.

Pero algo ha cambiado.

Y quizá necesitas hacer un pequeño duelo por la relación que ya no es como antes.

Esto puede ocurrir después de convertirnos en madres o padres.

Después de cambiar de trabajo.

Cuando atravesamos una crisis personal.

Cuando empezamos un proceso profundo de autoconocimiento.

O cuando nuestros valores y prioridades empiezan a transformarse.

Incluso puede ocurrir cuando simplemente nos permitimos ser más nosotros mismos.

Y entonces descubrimos que algunas relaciones estaban sostenidas, en parte, por una versión de nosotros que ya no existe.

Cuando el cambio también afecta a nuestra identidad

Hay algo más profundo detrás de todo esto.

Nuestras relaciones también contribuyen a construir nuestra identidad.

Somos hijos.

Padres.

Parejas.

Amigos.

Profesionales.

Miembros de una familia.

De un grupo.

De una comunidad.

Por eso, cuando una circunstancia cambia, no solo cambia nuestra rutina.

Puede cambiar también la forma en la que nos vemos a nosotros mismos.

La investigación sobre las transiciones vitales ha encontrado precisamente que perder determinados grupos o identidades sociales puede afectar al bienestar, mientras que encontrar nuevas formas de pertenencia puede facilitar la adaptación.

Por eso una persona que cambia de trabajo puede echar de menos mucho más que a sus compañeros.

Puede echar de menos quién era cuando estaba allí.

Una madre puede echar de menos determinadas relaciones anteriores a la maternidad.

Alguien que se separa puede echar de menos no solamente a su pareja, sino la identidad que había construido alrededor de esa relación.

Y quizá por eso algunos cambios duelen incluso cuando sabemos que son necesarios.

No tengas tanta prisa por encontrar tu nuevo lugar

William Bridges describe las transiciones a través de tres momentos: final, zona neutra y nuevo comienzo. Entre lo que dejamos atrás y aquello que todavía no sabemos cómo será, existe un espacio intermedio en el que podemos sentir confusión, vacío o desorientación.

Me parece una metáfora preciosa para muchas etapas de nuestra vida.

Porque queremos respuestas inmediatamente.

Queremos saber quiénes somos ahora.

Qué queremos.

Con quién queremos estar.

Qué relaciones queremos conservar.

Hacia dónde vamos.

Pero quizá haya momentos en los que todavía no podamos responder.

Y eso no significa que estemos perdidos.

Quizá simplemente estamos atravesando una transición.

¿Y si no necesitas recuperar lo que eras?

Cuando una relación cambia, muchas veces intentamos recuperar la versión anterior.

Volver a hacer los mismos planes.

Recuperar las mismas conversaciones.

Volver a sentir lo mismo.

Pero quizá esa no sea la pregunta.

Quizá podamos preguntarnos:

¿Qué necesita esta relación de mí ahora?

Y también:

¿Qué necesito yo de esta relación ahora?

Puede que descubramos que todavía existe un espacio común.

Puede que necesitemos hablar de lo que ha cambiado.

Puede que tengamos que poner nuevos límites.

O puede que descubramos que ya no caminamos en la misma dirección.

No todas las respuestas son fáciles.

Pero todas pueden ser honestas.

Algunas personas llegan para acompañarnos en una etapa

Esta idea me ha ayudado mucho a mirar las relaciones de otra manera.

Hay personas que permanecen durante toda nuestra vida.

Y hay otras que nos acompañan durante un tramo del camino.

Nos enseñan algo.

Nos sostienen.

Nos ayudan a descubrir quiénes somos.

Compartimos una etapa.

Y después nuestros caminos pueden separarse.

Eso no convierte lo vivido en menos importante.

Al contrario.

Quizá algunas relaciones no están destinadas a durar para siempre.

Quizá están destinadas a formar parte de nuestra historia.

Y aprender a agradecer una relación sin obligarnos a conservarla exactamente como fue también puede ser una forma de madurez emocional.

Antes de alejarte, pregúntate qué ha cambiado

Si últimamente sientes que algunas relaciones ya no encajan contigo, te propongo no tomar decisiones precipitadas.

Primero, observa.

Puedes preguntarte:

¿Qué ha cambiado en mí?

¿Qué necesito ahora que antes no necesitaba?

¿Qué valores quiero que estén más presentes en mis relaciones?

¿Hay algo que necesito comunicar y todavía no he dicho?

¿Estoy intentando recuperar una relación que pertenece a una etapa anterior?

¿O todavía existe un espacio para construir una nueva forma de relacionarnos?

Y quizá haya una pregunta todavía más importante:

¿Estoy alejándome porque esta relación ya no me representa o porque tengo miedo de mostrar quién soy ahora?

No es lo mismo.

Quizá crecer también implique cambiar de compañía

A veces hablamos del crecimiento personal como si consistiera únicamente en incorporar cosas nuevas.

Aprender.

Mejorar.

Avanzar.

Transformarnos.

Pero crecer también puede significar dejar de sostener aquello que ya no somos.

Y eso incluye determinadas formas de relacionarnos.

No desde el rechazo.

No desde la superioridad.

No desde el «yo he evolucionado y tú no».

Sino desde la honestidad.

Porque quizá una de las formas más bonitas de cuidar una relación sea permitir que cada persona pueda ser quien está siendo ahora.

Y si nuestros caminos continúan juntos, maravilloso.

Y si no, quizá también podamos agradecer el tramo compartido.

Para quedarte pensando

Piensa en una relación que últimamente sientas diferente.

No intentes decidir todavía si tienes que conservarla o dejarla atrás.

Pregúntate simplemente:

¿Ha cambiado la relación o he cambiado yo?

Y después:

¿Qué necesitaría esta relación para poder acompañar a la persona que soy hoy?

Puede que aparezca una conversación pendiente.

Puede que aparezca un límite.

Puede que aparezca una nueva posibilidad.

O quizá aparezca la necesidad de dejar ir.

Sea cual sea la respuesta, recuerda que cambiar no significa traicionar quién fuiste.

Significa permitirte seguir siendo quien eres mientras continúas creciendo.

«Cada transición comienza con un final.»
— William Bridges

Y quizá aceptar que algunas cosas terminan —también algunas formas de relacionarnos— sea precisamente lo que nos permite descubrir qué queremos comenzar a construir ahora.

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Merche Zornoza
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