Últimamente me doy cuenta de algo que, aunque parezca muy sencillo, no lo es tanto: qué poco sabemos escuchar. Y cuando digo “sabemos”, me incluyo. A mí también me ha pasado. Alguien comienza a contarte algo de su vida y, casi sin darnos cuenta, aparece ese pequeño resorte automático: —“¡A mí me pasó algo parecido!” Y allá vamos. Sacamos nuestra historia. Nuestro ejemplo. Nuestra experiencia. Nuestro consejo. Nuestra opinión. Nuestro “pues yo…”
Y, cuando queremos darnos cuenta, la persona que estaba hablando ha pasado de protagonista a espectadora de nuestra propia película. Y lo hacemos con la mejor intención del mundo. Queremos empatizar. Queremos demostrar que entendemos. Queremos hacerle saber que no está sola. Queremos aportar. Pero quizá, a veces, aportar no es necesario. Quizá solo hacía falta quedarse ahí. Escuchando.
Porque escuchar no es esperar tu turno para hablar
Creo que esta es una de las grandes trampas de las conversaciones. Pensamos que estamos escuchando porque permanecemos callados mientras la otra persona habla. Pero nuestra cabeza puede estar haciendo una maratón: “Esto me recuerda a…” “Cuando a mí me pasó…” “Pues yo creo que debería…” “En mi caso…” “Espera, que le voy a contar…” Y mientras tanto, aparentemente escuchamos. Pero en realidad estamos preparando nuestra respuesta. No estamos con la persona. Estamos esperando nuestro momento.
Y eso cambia completamente la conversación. Porque escuchar de verdad implica algo bastante más incómodo: renunciar durante un rato a ser el centro.
Hay personas que no vienen buscando soluciones
Esta quizá sea una de las cosas que más he aprendido. No todo el mundo que nos cuenta algo quiere que le solucionemos la vida. A veces alguien llega y simplemente necesita decir: “Hoy me ha pasado esto.” “Estoy triste.” “Estoy agotada.” “Esto me ha dolido.” “Me siento perdida.” Y quizá no está pidiendo un análisis. Ni una solución. Ni que le contemos que nosotros también hemos pasado por algo parecido.
Ni siquiera necesita que le digamos que todo va a salir bien. Quizá necesita algo mucho más sencillo: sentirse escuchada. Y qué regalo tan grande puede ser eso. Que alguien pueda hablar sin tener que competir por el espacio. Sin sentirse juzgado. Sin que inmediatamente le pongamos una solución encima. Sin que su emoción tenga que ser comparada con la nuestra.
“Pues a mí me pasó…”
Hay una frase que puede ser maravillosa en determinados momentos. Pero que también puede convertirse en una forma muy sutil de quitarle espacio al otro. “Pues a mí me pasó…” “Yo también…” “Eso no es nada, yo tuve…” “Si supieras lo que me pasó a mí…” Y, sin mala intención, convertimos una conversación en una competición de experiencias. Como si para validar lo que alguien siente necesitáramos demostrar que nosotros también hemos sufrido. Pero no.
No necesito haber vivido lo mismo que tú para escucharte. No necesito entender exactamente cómo te sientes para acompañarte. Puedo no tener ni idea de lo que significa estar en tu lugar y, aun así, decirte: “Estoy aquí.” “Te escucho.” “Gracias por contármelo.” “Entiendo que esto debe estar siendo difícil para ti.” Y quedarme. Sin arreglarte. Sin compararte. Sin llevarte a mi historia.
Escuchar también es respetar el silencio
Y aquí aparece otra dificultad. No soportamos demasiado bien los silencios. En cuanto alguien termina de hablar, sentimos la necesidad de rellenar el espacio. Tenemos que decir algo. Cualquier cosa. Pero quizá ese silencio también forma parte de la escucha. Quizá después de contarnos algo importante, esa persona necesita unos segundos. Quizá necesita respirar. Quizá está intentando ordenar lo que siente. Quizá ni siquiera sabe todavía qué necesita decir.
Y nosotros, en lugar de dejarle ese espacio, entramos rápidamente con nuestra opinión. Como si el silencio fuera un problema que tenemos que solucionar. Y no. A veces el silencio es precisamente el lugar donde la emoción puede asentarse.
Escuchar con amor es decir: “ahora tú”
Hay algo profundamente bonito en escuchar a alguien sin intentar llevarnos la conversación. Sin pensar qué vamos a responder. Sin buscar paralelismos. Sin intentar quedar bien. Sin demostrar que tenemos experiencia. Simplemente estar. Con atención. Con presencia. Con empatía. Con gratitud. Porque cuando alguien decide contarnos algo íntimo, nos está entregando una pequeña parte de su mundo. Y eso merece respeto. Qué privilegio que alguien confíe en nosotros lo suficiente como para mostrarse vulnerable.
Quizá la respuesta más bonita no sea: “Te entiendo perfectamente porque a mí me pasó…” Quizá sea: “Gracias por confiarme esto.” Y después… silencio. Presencia. Escucha.
Y quizá esto también tenga que ver con nuestros propios vacíos
Porque cuanto más lo pienso, más comprendo que muchas veces hablamos de nosotros porque necesitamos sentirnos reconocidos. Necesitamos demostrar que sabemos. Que hemos vivido. Que tenemos respuestas. Que podemos ayudar. Y eso es humano. Pero también puede ser una oportunidad para preguntarnos: ¿Estoy escuchando a esta persona o estoy buscando un lugar para colocarme yo? Es una pregunta incómoda. Pero muy poderosa. Porque escuchar de verdad requiere salir, aunque sea durante unos minutos, de nuestro propio centro.
Y dejar que el otro ocupe ese espacio.
Hoy quiero practicarlo
No quiero escribir esto desde el “yo ya sé escuchar”. Todo lo contrario. Quiero escribirlo desde el: “Estoy aprendiendo.” A veces todavía me descubro preparando mi respuesta. O buscando una experiencia propia que contar. O queriendo solucionar demasiado rápido. Y entonces intento parar. Respirar. Mirar. Escuchar. Y recordarme: “Ahora no te toca a ti.” Ahora le toca a la otra persona. Su historia. Su emoción. Su momento. Y quizá mi papel no sea hacer nada extraordinario. Quizá simplemente sea quedarme.
Porque hay momentos en los que una persona no necesita que le cuentes tu vida. Necesita sentir que puede contarte la suya. Y quizá una de las formas más bonitas de amor que podemos ofrecerle a alguien sea precisamente esa: hacerle espacio para que exista, sin convertir inmediatamente su historia en la nuestra. A veces escuchar es dejar de preparar nuestra respuesta y empezar, de verdad, a estar presentes.
“Escuchar de verdad es hacer espacio para que el otro exista, sin convertir su historia en la nuestra.”
— Merche Zornoza
Y tú, cuando alguien te cuenta algo importante, ¿eres capaz de quedarte en su historia sin llevarla inmediatamente a la tuya?
Si este artículo te ha hecho pensar en esa persona que quizá solo necesitaba que la escucharas, me encantará leerte en los comentarios. Y si quieres seguir recorriendo conmigo los diferentes territorios del Método C3RT, puedes suscribirte gratuitamente para recibir los próximos contenidos.
Porque cuando alguien te confía su historia, el mejor regalo no es tu respuesta. Es tu presencia.

