Mujer iluminada por luz dorada rodeada de siluetas borrosas que susurran, metáfora de juzgar antes de conocer a las personas

Antes de juzgarme, conóceme: juzgar antes de conocer

Nota: este artículo amplía la idea que compartí en «Hechos y juicios en coaching»: entonces hablaba de distinguir lo que ocurre de lo que interpretamos; hoy, de qué pasa cuando esa prisa por juzgar se posa sobre las personas.

Hay personas que necesitan muy poco para hacerse una idea de ti. Un gesto. Una frase. Una foto. Una forma de vestir. Algo que alguien dijo sobre ti. O algo que alguien dijo que alguien dijo. Y ya está: expediente abierto, sentencia dictada, caso cerrado. Y, en muchas ocasiones, esa persona apenas ha cruzado dos palabras contigo.

El rumor y la etiqueta

Todos hemos jugado al teléfono escacharrado. Uno dice «me pareció que estaba enfadada»; el siguiente, «me han dicho que está enfadada»; y tres personas después: «¿sabes que está enfadadísima con todo el mundo?». Cuando llega al final de la cadena, resulta que la pobre solo quería decir: «hoy estoy cansada». Pero para entonces ya le hemos construido una personalidad, un conflicto familiar y hasta una biografía.

Y lo mismo con las primeras impresiones: «es muy fría», «es un poco rara», «va de sobrado», «parece conflictiva». Nuestro cerebro interpreta rápido lo que tiene delante —es una forma de orientarnos—, pero una cosa es «esta persona me genera cierta sensación» y otra muy distinta «ya sé cómo es». No lo sabes. Todavía no.

Porque cuando colocamos una etiqueta, empezamos a buscar pruebas que la confirmen: si sonríe, «lo hace para quedar bien»; si no sonríe, «¿ves? es una borde»; si pone límites, «qué carácter»; si no los pone, «es débil». Y quizá solo sea una persona: con días buenos y malos, con heridas que no vemos, que se equivoca, que está aprendiendo.

Y luego está la autenticidad

Parece que vivimos en una sociedad que nos anima a ser quienes somos: «sé auténtico», «muéstrate tal como eres». Hasta que alguien lo hace. Entonces: «qué rara», «qué carácter», «es demasiado».

Porque la autenticidad está muy bien siempre que no incomode. Nos gusta la gente auténtica, sí, pero mejor una autenticidad que podamos gestionar: que no diga demasiado, que no ponga límites, que no cuestione. Y una persona auténtica puede resultar incómoda, no porque haga nada malo, sino porque no interpreta el personaje que esperábamos.

Conocer requiere algo que juzgar no necesita

Tiempo. Curiosidad. Escucha. Y, sobre todo, estar dispuesto a descubrir que quizá nos equivocamos. Eso cuesta, porque reconocerlo significa desmontar la historia que ya nos habíamos contado; es más cómodo pensar «yo ya sabía cómo era» que decir «pues resulta que no tenía ni idea».

Pero ahí está el aprendizaje: en permitirnos cambiar de opinión y en darle a alguien la oportunidad de sorprendernos.

Quizá nos vendría bien cambiar la pregunta. En lugar de «¿qué será esta persona?», preguntarnos: «¿qué puedo descubrir de ella si dejo de creer que ya la conozco?». Porque detrás de una apariencia puede haber una historia; detrás de un comportamiento, una emoción; y detrás de alguien que parece «demasiado», quizá solo hay alguien que por fin se ha permitido ser quien es.

No tienes que caerle bien a todo el mundo

Esto también es importante: conocer no significa justificar. No se trata de confiar en todo el mundo, ni de ignorar las señales de alarma, ni de quedarnos en relaciones que nos hacen daño.

Podemos observar, poner límites y alejarnos. Pero quizá podamos hacerlo después de conocer a la persona, y no después de conocer el rumor sobre ella.

Para terminar

La próxima vez que alguien te diga «ten cuidado con esa persona, que ya sabes cómo es», quizá puedas responder: «no, no sé cómo es; todavía no la conozco». Qué descanso dejar de jugar al teléfono escacharrado y hablar directamente con la persona.

Porque antes de juzgar a alguien, podríamos darle algo mucho más valioso que una sentencia: la oportunidad de mostrarnos quién es.

«A veces no juzgamos a las personas por lo que son, sino por la historia que nos contamos sobre ellas.»

— Merche Zornoza

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