Mujer de espaldas al inicio de un camino que se abre hacia la luz dorada del amanecer, mientras la silueta de su yo más joven se disuelve en niebla azul-gris

Conocerse en la segunda mitad de la vida: ya no soy la que era

Nota de serie: este artículo cierra la serie sobre el autoconocimiento que empecé con «Quién soy cuando nadie me mira», continué con «Conocerte sin etiquetas: más allá de los tests de personalidad» y seguí con «Desconectarse para encontrarse: el autoconocimiento en tiempos de ruido».

Hay una frase que puede aparecer en algún momento de la vida con una mezcla extraña de sorpresa y reconocimiento:

«Ya no soy la que era.»

A veces la decimos con nostalgia.

Otras, con alivio.

Y en ocasiones no sabemos muy bien cómo decirla.

Porque quizá no hemos dejado de ser nosotros mismos.

Simplemente hemos cambiado.

Han cambiado nuestras prioridades.

Nuestra manera de relacionarnos.

Lo que necesitamos.

Lo que toleramos.

Lo que deseamos.

La forma en la que entendemos el éxito.

Incluso aquello que creíamos que nos definía.

Y llega un momento en el que la persona que fuimos empieza a quedarnos un poco lejos.

Entonces aparece una pregunta que puede resultar incómoda:

Si ya no soy quien era, ¿quién soy ahora?

Hay un momento en el que las viejas respuestas dejan de funcionar

Durante muchos años podemos construir nuestra identidad alrededor de determinadas certezas.

«Soy esto.»

«Me dedico a esto.»

«Mi familia es esto.»

«Yo siempre he sido así.»

«Esto es lo que quiero.»

Y durante un tiempo esas respuestas funcionan.

Nos ayudan a orientarnos.

Nos dan estabilidad.

Nos permiten saber quiénes somos y qué lugar ocupamos.

Pero la vida cambia.

Nos convertimos en padres.

Cambiamos de trabajo.

Terminamos relaciones.

Comenzamos otras.

Nos mudamos.

Perdemos personas.

Descubrimos intereses nuevos.

Atravesamos dificultades.

Conseguimos cosas que creíamos imposibles.

Y también dejamos atrás sueños que ya no nos representan.

Entonces puede ocurrir algo desconcertante:

la vida sigue, pero el relato que teníamos sobre nosotros mismos ya no encaja.

Y quizá no sea una crisis de identidad.

Quizá sea una señal de que necesitamos actualizar la imagen que tenemos de nosotros.

La segunda mitad de la vida no tiene por qué ser una repetición de la primera

Durante mucho tiempo hemos entendido las etapas de la vida como si existiera un guion.

Estudiar.

Trabajar.

Formar una familia.

Construir una estabilidad.

Y después continuar.

Pero hoy vivimos más años y, sobre todo, vivimos más posibilidades de cambio.

La vida adulta ya no tiene por qué ser una línea recta.

Puedes cambiar de profesión a los cuarenta.

Empezar un proyecto a los cincuenta.

Aprender algo completamente nuevo a los sesenta.

Volver a estudiar.

Cambiar tu manera de relacionarte.

Descubrir una pasión que nunca habías explorado.

Decidir que aquello que durante años consideraste imprescindible ya no lo es.

Y también puedes no querer hacer ninguna de esas cosas.

Porque reinventarse no significa obligarte a empezar de cero.

Significa permitirte revisar quién eres y qué quieres sostener en esta etapa de tu vida.

El problema aparece cuando intentamos seguir siendo quienes fuimos

Hay identidades que nos acompañan durante tanto tiempo que terminamos confundiéndolas con nuestra esencia.

«La responsable.»

«La que puede con todo.»

«El profesional exitoso.»

«La buena madre.»

«La independiente.»

«La divertida.»

«La fuerte.»

«La que siempre está disponible.»

«La que nunca se rinde.»

Quizá fueron identidades necesarias en algún momento.

Incluso pueden haber sido una parte muy valiosa de nosotros.

Pero que algo haya formado parte de ti durante mucho tiempo no significa que tenga que acompañarte para siempre.

Puedes dejar de ser la persona que siempre dice que sí.

Puedes dejar de necesitar demostrar que puedes con todo.

Puedes cambiar de profesión.

Puedes descubrir que ya no quieres agradar a todo el mundo.

Puedes necesitar más calma que antes.

Puedes descubrir que tu idea de éxito ha cambiado.

Y nada de eso significa que hayas perdido quién eres.

Quizá significa que estás empezando a conocerte de una manera diferente.

También podemos hacer duelo por versiones de nosotros mismos

Esta parte me parece especialmente importante.

Porque cambiar no siempre resulta liberador.

A veces duele.

Puede doler descubrir que ya no quieres aquello por lo que trabajaste durante años.

Puede doler aceptar que una relación ha cambiado.

Puede doler reconocer que determinadas capacidades ya no están como antes.

Puede doler despedirte de una etapa que te hizo feliz.

Y puede doler incluso descubrir que aquella persona que fuiste ya no existe.

Aunque seas tú.

Por eso, conocerte en una nueva etapa también implica hacer espacio para el duelo por quien fuiste.

No necesitas despreciar a la persona que eras para poder convertirte en quien eres ahora.

Puedes agradecerle.

Reconocer lo que hizo por ti.

Entender por qué tomó determinadas decisiones.

Y dejarla marchar cuando ya no necesitas seguir viviendo desde aquellos mismos lugares.

No eres solamente lo que te ha ocurrido

Cuando llegamos a una determinada etapa de la vida, acumulamos historia.

Experiencias.

Éxitos.

Errores.

Pérdidas.

Relaciones.

Responsabilidades.

Decisiones.

Y todo eso influye en quienes somos.

Pero hay una diferencia entre tener una historia y estar completamente definida por ella.

Tu pasado explica muchas cosas.

Pero no tiene por qué decidir todas las que vendrán.

Puedes aprender algo nuevo sobre ti.

Puedes modificar una creencia.

Puedes relacionarte de otra manera.

Puedes descubrir una necesidad que antes no reconocías.

Puedes cambiar de opinión.

Puedes empezar de nuevo.

Incluso puedes sorprenderte a ti misma.

Porque una de las cosas más bonitas del autoconocimiento es descubrir que todavía quedan partes de ti que no conoces.

¿Y si no necesitas encontrarte, sino actualizarte?

A veces hablamos de «encontrarnos a nosotros mismos» como si existiera una versión auténtica de nosotros escondida en algún lugar y tuviéramos que recuperarla.

Pero quizá no funcione exactamente así.

No tienes que volver a ser quien eras a los veinte.

Ni recuperar a la persona que eras antes de ser madre.

Ni volver a sentirte como cuando comenzaste tu carrera.

Ni recuperar las mismas ambiciones.

Ni mantener intactos los sueños que tenías hace diez años.

No eres un proyecto terminado que necesita volver a su versión original.

Estás en construcción.

Y eso significa que puedes preguntarte:

¿Qué de mí sigue siendo esencial?

¿Qué ha cambiado?

¿Qué ya no necesito?

¿Qué quiero descubrir ahora?

Ahí empieza un autoconocimiento mucho más amable.

No busca recuperar una versión anterior.

Busca reconocer la actual.

Una herramienta: el inventario de identidad

Si sientes que estás atravesando un momento de cambio, te propongo algo.

Coge un papel y divídelo en tres partes.

Lo que sigue siendo mío

Escribe aquello que, a pesar de los años y los cambios, continúa formando parte de ti.

Tus valores.

Tus vínculos.

Tus formas de disfrutar.

Tus principios.

Tus talentos.

Aquello que sigue teniendo sentido.

Lo que ya no me representa

Aquí puedes poner roles, creencias, hábitos, expectativas o sueños que alguna vez tuvieron sentido y ahora ya no.

No tienes que justificarlo.

Simplemente reconocerlo.

Lo que está apareciendo

Esta es quizá la parte más interesante.

¿Qué empieza a despertar en ti?

¿Qué te interesa ahora?

¿Qué necesitas?

¿Qué deseas aprender?

¿Qué tipo de relaciones quieres construir?

¿Cómo quieres sentirte?

¿Qué parte de ti está pidiendo espacio?

No necesitas tener las respuestas completas.

Solo necesitas empezar a observarlas.

Hay otra pregunta que puede cambiarlo todo

Cuando llegamos a una etapa nueva, solemos preguntarnos:

«¿Qué debería hacer ahora?»

Pero quizá podamos empezar por una pregunta diferente:

«¿Cómo quiero vivir ahora?»

La diferencia es enorme.

La primera busca una acción.

La segunda busca una dirección.

Y puede llevarte a descubrir que quizá no necesitas hacer más.

Quizá necesitas vivir más despacio.

Quizá necesitas relaciones diferentes.

Quizá necesitas recuperar una parte de ti que habías dejado aparcada.

Quizá quieres aprender.

Quizá quieres crear.

Quizá quieres cuidar.

Quizá quieres viajar.

Quizá quieres descansar.

Quizá quieres empezar algo completamente nuevo.

O quizá, por primera vez, quieres dejar de demostrar.

No hay una respuesta correcta.

Hay una respuesta que tiene sentido para ti en esta etapa.

No llegas tarde

Esta es una de las ideas que más necesitamos recordar.

Vivimos rodeados de comparaciones.

Personas que parecen haberlo conseguido antes.

Profesiones consolidadas.

Proyectos que empiezan.

Familias que crecen.

Personas que cambian de vida.

Y podemos mirar todo eso y pensar:

«Yo debería estar ahí.»

Pero la vida no es una carrera.

No existe una edad correcta para descubrirte.

No existe una fecha límite para cambiar.

No existe un momento en el que ya no tengas derecho a preguntarte qué quieres.

Y tampoco tienes que justificar que quieres algo diferente.

No llegas tarde a tu propia vida.

Llegas al momento en el que estás.

Y desde ahí puedes empezar a elegir.

Quizá conocerte sea aprender a reconocerte de nuevo

Hay momentos en los que la pregunta «¿quién soy?» puede resultar demasiado grande.

Puedes empezar por algo más sencillo:

¿Me reconozco en la vida que estoy viviendo?

¿Me reconozco en mis relaciones?

¿En la forma en la que trabajo?

¿En cómo utilizo mi tiempo?

¿En aquello que persigo?

¿En aquello que estoy dejando de perseguir?

¿En la persona que soy cuando nadie me mira?

Porque quizá la identidad no se descubre únicamente pensando.

También se observa en la vida que construimos.

Y cuando hay una distancia demasiado grande entre quién somos y cómo estamos viviendo, aparece una sensación difícil de explicar.

Cansancio.

Vacío.

Desconexión.

Irritación.

La sensación de estar cumpliendo una vida que, sin embargo, ya no sentimos completamente nuestra.

No siempre significa que tengamos que cambiarlo todo.

A veces basta con empezar a hacer pequeños ajustes.

Una conversación.

Un límite.

Una decisión.

Un espacio propio.

Una nueva actividad.

Un «no».

Un «sí».

Un permiso.

Tu nueva etapa no necesita parecerse a la anterior

Quizá una de las formas más profundas de autoconocimiento sea aceptar que no tienes que ser coherente con quien fuiste si eso significa dejar de ser coherente con quien eres ahora.

Puedes cambiar.

Puedes contradecirte.

Puedes descubrir que te equivocaste.

Puedes querer algo diferente.

Puedes dejar de querer algo.

Puedes empezar.

Puedes parar.

Puedes volver a empezar.

Y seguir siendo tú.

Porque quizá la identidad no sea aquello que permanece exactamente igual.

Quizá sea también la capacidad de reconocerte mientras cambias.

Por eso, si alguna vez aparece en tu cabeza esa frase:

«Ya no soy la que era.»

No tengas tanta prisa por convertirla en un problema.

Quizá puedas responderte:

«Es verdad. Y quiero descubrir quién soy ahora.»

Esa pregunta no necesita una respuesta inmediata.

Solo necesita espacio.

Espacio para mirar tu historia sin quedarte atrapada en ella.

Espacio para despedir algunas versiones de ti.

Espacio para descubrir otras.

Espacio para elegir qué quieres conservar.

Y espacio, sobre todo, para dejar de vivir desde quien creías que tenías que ser.

Porque conocerte no significa encontrar una identidad definitiva.

Significa aprender a reconocerte en cada nueva versión de ti.

«No estás perdiendo quién eras. Estás haciendo espacio para descubrir quién eres ahora.»

— Merche Zornoza

Y quizá hoy puedas hacerte tres preguntas:

¿Qué parte de la persona que fui ya no necesito seguir sosteniendo?

¿Qué parte de mí está apareciendo y todavía no me he atrevido a escuchar?

Si no tuviera que demostrar nada ni cumplir ninguna expectativa, ¿cómo querría vivir esta etapa de mi vida?

No necesitas responderlas todas hoy.

A veces una buena pregunta necesita tiempo para encontrar su respuesta.

Si este artículo te ha acompañado en un momento de cambio, me encantará leerte en los comentarios.

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Porque conocerte no consiste en volver a quien fuiste.

Consiste en aprender a reconocerte mientras te conviertes en quien eres.

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Merche Zornoza
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