Hay una pregunta que puede resultar mucho más incómoda de lo que parece:
¿Quién soy cuando nadie me mira?
No cuando publico algo y espero que alguien reaccione.
No cuando estoy trabajando y necesito demostrar lo que sé.
No cuando estoy con mi familia y desempeño el papel que se espera de mí.
No cuando estoy con mis amigos y adapto mi forma de ser para sentir que encajo.
Sino cuando no hay nadie delante.
Cuando no tengo que demostrar nada.
Cuando no tengo que gustar.
Cuando no tengo que cumplir ninguna expectativa.
Cuando solamente estoy conmigo.
Quizá ahí aparezca una versión de nosotros que conocemos poco.
Y quizá también descubramos algo que puede resultar incómodo: a veces hemos dedicado tanto tiempo a construir la persona que mostramos que hemos dejado de preguntarnos quiénes somos realmente.
Vivimos en una época en la que ser visto parece formar parte de ser.
Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de mostrar nuestra vida.
Compartimos lo que hacemos, lo que pensamos, lo que comemos, dónde viajamos, qué sentimos, qué conseguimos e incluso aquello que todavía estamos intentando conseguir.
Y no hay nada malo en compartir.
Las redes sociales pueden ser espacios maravillosos para comunicarnos, crear, aprender, acompañarnos y encontrar personas con las que tenemos mucho en común.
El problema aparece cuando, poco a poco, dejamos de mostrar lo que somos y empezamos a construir lo que queremos que los demás vean de nosotros.
Entonces nuestra identidad comienza a necesitar espectadores.
Y sin darnos cuenta podemos terminar haciéndonos preguntas como:
¿Esto gustará?
¿Qué pensarán de mí?
¿Cómo quedará?
¿Qué debería estar haciendo a estas alturas?
¿Estoy mostrando suficiente de mi vida?
¿Estoy siendo interesante?
¿Estoy avanzando al ritmo que debería?
Y entre tanta mirada externa, quizá olvidemos una pregunta mucho más importante:
¿Esto tiene que ver realmente conmigo?
La identidad que enseñamos no siempre es falsa
Esto me parece importante aclararlo.
No creo que exista una versión «verdadera» de nosotros que se encuentre escondida debajo de todas las demás.
Somos muchas cosas.
Somos profesionales, madres, padres, parejas, hijos, amigos, compañeros, emprendedores, cuidadores, personas que empiezan de nuevo y personas que todavía están intentando entender qué quieren.
Cada contexto despierta una parte diferente de nosotros.
Eso también forma parte de nuestra identidad.
Por eso, el problema no está en tener diferentes versiones.
El problema aparece cuando la distancia entre lo que mostramos y lo que vivimos se hace demasiado grande.
Cuando sonrío porque quiero sonreír, hay coherencia.
Cuando sonrío porque necesito que los demás crean que estoy bien, hay algo diferente.
Cuando comparto un logro porque quiero celebrarlo, hay coherencia.
Cuando lo comparto porque necesito sentir que valgo, la historia cambia.
Cuando digo que estoy disfrutando de mi vida porque realmente la estoy disfrutando, estupendo.
Cuando necesito convencer a los demás —y convencerme a mí misma— de que mi vida es maravillosa, quizá merezca la pena detenerme.
Porque entonces ya no estamos hablando solamente de imagen.
Estamos hablando de necesidad de reconocimiento.
¿Y qué ocurre cuando dejamos de ser observados?
Imagina que durante una semana nadie pudiera ver nada de lo que haces.
No habría fotografías.
No habría publicaciones.
No habría likes.
No tendrías que contarle a nadie qué has conseguido.
Nadie sabría si has aprovechado el día o si has pasado una tarde entera sin hacer absolutamente nada.
Nadie podría comparar tu vida con la suya.
Nadie podría admirarte.
Nadie podría juzgarte.
¿Qué harías diferente?
Esta pregunta puede enseñarnos mucho sobre nosotros.
Quizá seguirías haciendo exactamente lo mismo.
Y eso también es información.
Porque significaría que muchas de tus decisiones nacen de ti y no de la mirada externa.
Pero quizá descubrirías que algunas cosas que haces tienen mucho más que ver con cómo quieres ser percibida que con lo que realmente quieres vivir.
Y ahí aparece una oportunidad extraordinaria de autoconocimiento.
Conocerse no consiste en construir una definición de ti
A veces pensamos que conocernos significa poder responder rápidamente a preguntas como:
«¿Cómo soy?»
«¿Qué me gusta?»
«¿Cuál es mi personalidad?»
«¿Cuáles son mis fortalezas?»
Pero el autoconocimiento va mucho más allá de construir una descripción de nosotros mismos.
Conocerse también significa observar qué hacemos cuando nadie nos está evaluando.
Qué elegimos cuando no necesitamos justificarlo.
Qué nos interesa aunque nadie lo considere importante.
Qué nos emociona aunque no podamos compartirlo.
Qué límites ponemos aunque puedan decepcionar a alguien.
Qué decisiones tomaríamos si no tuviéramos que demostrar que son las correctas.
Y, sobre todo, qué queda de nosotros cuando dejamos de interpretar el papel que creemos que los demás esperan.
Hay una versión de ti que no necesita público
Quizá esa versión no sea especialmente espectacular.
Puede que no sea productiva.
Puede que no tenga grandes objetivos.
Puede que disfrute de cosas que nunca publicarías.
Puede que necesite descansar.
Puede que cambie de opinión.
Puede que no tenga claro qué quiere.
Puede que esté atravesando un momento que no sabe explicar.
Puede que simplemente quiera estar en silencio.
Y todo eso también eres tú.
No necesitas convertir cada experiencia en contenido para que tenga valor.
No necesitas transformar cada aprendizaje en una lección.
No necesitas que alguien vea tu proceso para que tu proceso sea real.
Hay cosas que pueden ser importantes precisamente porque nadie las ve.
Una pequeña práctica: descubrir quién eres sin espectadores
Te propongo un ejercicio sencillo.
Durante unos días, observa tres situaciones cotidianas y pregúntate:
1. ¿Lo haría si nadie pudiera verlo?
Piensa en una decisión, una actividad o un comportamiento que repites habitualmente.
Pregúntate:
Si nadie pudiera saberlo, ¿seguiría haciéndolo?
No busques una respuesta correcta.
Solamente observa.
2. ¿Qué parte de mí aparece cuando no tengo que impresionar?
Puede ser cuando estás sola en casa, cuando paseas, cuando conduces, cuando estás de vacaciones o cuando nadie espera nada de ti.
Observa:
¿Qué haces?
¿Qué piensas?
¿Qué te interesa?
¿Cómo hablas contigo?
¿Qué necesitas?
Ahí hay mucha información sobre ti.
3. ¿Dónde estoy actuando más de lo que estoy viviendo?
Esta es quizá la pregunta más importante.
Puede aplicarse al trabajo, a la pareja, a la maternidad, a las amistades, a las redes sociales o incluso a la manera en la que te relacionas contigo.
¿En qué lugar de mi vida estoy intentando parecer algo que todavía no siento?
No para juzgarte.
Para comprenderte.
Porque comprender es el primer paso para poder elegir de otra manera.
La coherencia no significa mostrarlo todo
Vivimos también en una época en la que parece que ser auténtico significa enseñarlo todo.
Y no.
La intimidad también forma parte de una vida auténtica.
Puedes ser una persona transparente y, al mismo tiempo, reservar partes de tu vida para ti.
Puedes compartir tu experiencia sin convertir toda tu experiencia en contenido.
Puedes hablar de tus heridas sin exponer cada detalle.
Puedes tener una vida que no necesita ser demostrada para ser válida.
La autenticidad no consiste en eliminar los límites entre lo público y lo privado.
Consiste en que lo que muestras no contradiga constantemente lo que sabes que estás viviendo.
Quizá conocerte empiece por dejar de preguntarte quién deberías ser
Durante mucho tiempo podemos construir nuestra identidad a partir de respuestas que vienen de fuera:
«Deberías ser más…»
«Ya deberías haber…»
«Una persona como tú tendría que…»
«Lo normal a tu edad es…»
«Si quieres tener éxito, tienes que…»
Y poco a poco podemos terminar viviendo una vida perfectamente explicable para los demás, pero difícil de reconocer como nuestra.
Por eso, a veces conocerse no requiere añadir más información.
Requiere quitar ruido.
Dejar de mirar durante un momento qué hacen los demás.
Dejar de medirnos.
Dejar de compararnos.
Dejar de intentar encajar.
Y volver a una pregunta sencilla:
¿Qué queda de mí cuando no necesito demostrar quién soy?
Quizá no encontremos una respuesta definitiva.
Y está bien.
El autoconocimiento no consiste en llegar a una definición cerrada de quién eres.
Consiste en desarrollar la capacidad de escucharte lo suficiente como para reconocer cuándo estás viviendo desde ti y cuándo estás viviendo desde la mirada de los demás.
Porque quizá la verdadera libertad no sea conseguir que todos vean quién eres.
Quizá sea dejar de necesitar que te vean para saber quién eres tú.
«La autenticidad no consiste en mostrarlo todo, sino en no tener que esconderte de ti.»
— Merche Zornoza
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Porque conocerte no significa encontrar una versión definitiva de ti.
Significa aprender a reconocerte mientras sigues cambiando.

