Nota: este artículo amplía la idea que compartí hace tiempo en «Hechos y juicios en coaching» — entonces hablaba de distinguir lo que ocurre de lo que interpretamos; hoy quiero explorar qué pasa cuando esa prisa por juzgar se posa sobre las personas y las sentencia antes de conocerlas.
Hay personas que necesitan muy poco para hacerse una idea de ti.
Un gesto.
Una frase.
Una foto.
Una forma de vestir.
Algo que alguien dijo sobre ti.
O, directamente, algo que alguien dijo que alguien dijo.
Y ya está.
Expediente abierto.
Sentencia dictada.
Caso cerrado.
Lo curioso es que, en muchas ocasiones, esa persona apenas ha cruzado dos palabras contigo.
Pero oye… para qué molestarse en conocerte si ya tiene una versión bastante completa de ti.
Y aquí es donde aparece uno de nuestros grandes talentos como seres humanos: juzgar antes de conocer.
El maravilloso mundo del «me han dicho que…»
Creo que todos hemos jugado alguna vez, de una manera u otra, al famoso juego del teléfono escacharrado.
Uno dice:
—Pues a mí me pareció que estaba enfadada.
El siguiente:
—Me han dicho que está enfadada.
Y, tres personas después:
—¿Sabes que está enfadadísima con todo el mundo?
Y cuando llegamos al final de la cadena resulta que la pobre mujer quería decir simplemente:
—Hoy estoy cansada.
Pero para entonces ya le hemos construido una personalidad, un conflicto familiar y, si nos descuidamos, hasta una biografía.
Y lo hacemos constantemente.
Alguien tiene una mala experiencia con una persona y nos la cuenta.
Nosotros la escuchamos.
La hacemos nuestra.
Le añadimos nuestra interpretación.
Y, sin darnos cuenta, dejamos de conocer a la persona real para relacionarnos con una historia sobre esa persona.
Una historia que, además, probablemente ya viene con filtros, opiniones, emociones y bastante cosecha propia.
Porque aquí cada uno echa su poquito de sal.
Y así acabamos cocinando una persona que, probablemente, ni siquiera existe.
«Es que tiene pinta de…»
Esta es otra de nuestras especialidades.
«Es muy fría.»
«Es un poco rara.»
«Ese va de sobrado.»
«Esta es demasiado intensa.»
«Parece una persona conflictiva.»
«Con esa forma de vestir ya te puedes imaginar…»
¿De verdad?
¿Con una mirada hemos conseguido descifrar su infancia, sus heridas, sus miedos, sus valores y su manera de querer?
Porque si es así, que alguien me avise y me apunto al curso.
Y no estoy diciendo que las primeras impresiones no existan.
Claro que existen.
Nuestro cerebro interpreta rápidamente lo que tiene delante. Es una forma de orientarnos y protegernos.
El problema aparece cuando confundimos una primera impresión con una verdad absoluta.
Porque una cosa es pensar:
«Esta persona me genera cierta sensación.»
Y otra muy distinta:
«Ya sé cómo es esta persona.»
No.
No lo sabes.
Todavía no.
Y luego está la autenticidad…
Aquí llegamos a un terreno todavía más curioso.
Porque parece que vivimos en una sociedad que nos anima constantemente a ser nosotros mismos.
«Sé auténtico.»
«Sé diferente.»
«Muéstrate tal y como eres.»
«Brilla.»
Hasta que alguien lo hace.
Entonces, de repente:
«Qué rara.»
«Qué carácter tiene.»
«Se le ha subido.»
«Va de algo.»
«Es demasiado.»
Y una piensa…
¿Pero no queríamos autenticidad?
Porque parece que la autenticidad está muy bien siempre y cuando no incomode demasiado.
Nos gusta que la gente sea auténtica, sí.
Pero mejor una autenticidad que podamos gestionar.
Que no diga demasiado.
Que no ponga límites.
Que no cuestione.
Que no se salga de la norma.
Que no nos haga mirarnos demasiado a nosotros mismos.
Porque una persona auténtica puede resultar incómoda.
No necesariamente porque haga nada malo.
Simplemente porque no interpreta el personaje que esperábamos que interpretase.
Y eso puede descolocarnos.
Cuando dejamos de conocer a la persona y empezamos a conocer su etiqueta
Quizá uno de los mayores problemas del prejuicio es que convierte a una persona en una etiqueta.
«Es egoísta.»
«Es insegura.»
«Es complicada.»
«Es fría.»
«Es demasiado sensible.»
«Es problemática.»
Y cuando colocamos una etiqueta, nuestro cerebro empieza a buscar pruebas que la confirmen.
Si esa persona sonríe:
«Lo hace para quedar bien.»
Si no sonríe:
«¿Ves? Es una borde.»
Si habla mucho:
«Qué egocéntrica.»
Si habla poco:
«Qué antipática.»
Si pone límites:
«Qué carácter.»
Si no los pone:
«Es débil.»
A ver…
¿Hay alguna posibilidad de que simplemente sea una persona?
Una persona que tiene días buenos y malos.
Que se equivoca.
Que tiene heridas que no vemos.
Que está aprendiendo.
Que puede estar atravesando algo que desconocemos.
Que quizá aquel día estaba cansada.
Que quizá tuvo un mal momento.
O que, simplemente, no es como nosotros esperábamos que fuera.
Y eso tampoco la convierte en una mala persona.
Porque conocer requiere algo que juzgar no necesita
Tiempo.
Curiosidad.
Escucha.
Presencia.
Y, sobre todo, estar dispuesto a descubrir que quizá estábamos equivocados.
Y esto último cuesta.
Porque reconocer que nos hemos equivocado significa desmontar una pequeña historia que ya nos habíamos contado.
Es mucho más cómodo pensar:
«Yo ya sabía cómo era.»
Que decir:
«Pues fíjate, resulta que no tenía ni idea.»
Pero quizá ahí está precisamente el aprendizaje.
En permitirnos cambiar de opinión.
En darle a alguien la oportunidad de sorprendernos.
En no condenar a una persona por una versión de ella que hemos construido sin preguntarle siquiera quién es.
No tienes que caerle bien a todo el mundo
Y ojo, porque esto también es importante.
No se trata de obligarnos a confiar en todo el mundo.
Ni de ignorar señales de alarma.
Ni de pensar que todas las personas tienen buenas intenciones.
Ni mucho menos de quedarnos en relaciones que nos hacen daño.
Conocer no significa justificar.
Y darle una oportunidad a alguien tampoco significa darle acceso ilimitado a nuestra vida.
Significa algo mucho más sencillo:
no sacar conclusiones definitivas antes de tener información suficiente.
Podemos observar.
Podemos poner límites.
Podemos alejarnos.
Podemos decidir que alguien no encaja con nosotros.
Pero quizá podemos hacerlo después de conocer a la persona y no después de conocer el rumor sobre ella.
Quizá necesitamos menos jueces y más curiosos
A veces pienso que nos vendría fenomenal cambiar una pregunta.
En lugar de:
«¿Qué será esta persona?»
preguntarnos:
«¿Qué puedo descubrir de esta persona si dejo de creer que ya la conozco?»
Porque detrás de una apariencia puede haber una historia.
Detrás de un comportamiento puede haber una emoción.
Detrás de una reacción puede haber una herida.
Y detrás de alguien que parece «demasiado» puede haber, simplemente, alguien que por fin se ha permitido ser quien es.
Y sí.
Quizá esa autenticidad nos incomode.
Pero también puede enseñarnos algo.
Porque cuando dejamos de mirar a las personas desde nuestras etiquetas, empezamos a verlas.
Y cuando empezamos a verlas de verdad, quizá descubrimos que muchas de las cosas que pensábamos sobre ellas…
nunca fueron realmente sobre ellas.
Fueron sobre nosotros.
Sobre nuestros prejuicios.
Sobre nuestras experiencias.
Sobre nuestros miedos.
Sobre lo que nos habían contado.
Sobre lo que necesitábamos creer.
Así que la próxima vez que alguien te diga:
—Ten cuidado con esa persona, que ya sabes cómo es…
Quizá puedas responder:
—No. No sé cómo es. Todavía no la conozco.
Y oye…
qué descanso dejar de jugar al teléfono escacharrado y empezar a hablar directamente con la persona.
Porque quizá antes de juzgar a alguien…
podríamos darle algo mucho más valioso que una sentencia: la oportunidad de mostrarnos quién es realmente.
«A veces no juzgamos a las personas por lo que son, sino por la historia que nos contamos sobre ellas.»
— Merche Zornoza
Y tú, ¿cuántas veces has descubierto que la persona que te habían descrito no tenía absolutamente nada que ver con la persona que conociste?
Si este artículo te ha hecho pensar en esa persona a la que quizá juzgaste demasiado pronto, me encantará leerte en los comentarios.
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Porque conocer a alguien no consiste en acertar quién es.
Consiste en darle tiempo para mostrártelo.

