Esta reflexión forma parte de una pequeña serie que he comenzado con «La soledad: cuando estar solo no significa sentirse solo» y que he continuado con «No es que no tenga a nadie: cuando lo que falta es pertenecer».
Después de hablar de la soledad y de esa necesidad tan humana de sentir que pertenecemos, hay una palabra que aparece casi inevitablemente: vulnerabilidad.
Porque podemos tener personas a nuestro alrededor y seguir sintiéndonos solos.
Podemos encontrar lugares en los que encajamos y, aun así, sentir que no estamos siendo nosotros mismos.
Y quizá haya algo que conecte ambas experiencias:
el miedo a mostrarnos tal y como somos.
En mis acompañamientos, la vulnerabilidad aparece muchas veces de manera indirecta.
No siempre alguien me dice: «Me cuesta ser vulnerable».
A veces dice:
«No quiero preocupar a nadie.»
«Prefiero solucionarlo yo.»
«No me gusta que me vean mal.»
«No sé cómo pedir ayuda.»
«Si cuento lo que realmente me pasa, quizá piensen diferente de mí.»
Y detrás de muchas de estas frases encuentro una pregunta mucho más profunda:
¿Qué podría ocurrir si dejo que alguien vea lo que realmente estoy viviendo?
Nos enseñaron a protegernos
Creo que muchos hemos aprendido a confundir fortaleza con autosuficiencia.
A pensar que poder con todo es una virtud.
Que pedir ayuda significa no ser suficientemente capaces.
Que llorar delante de alguien es perder el control.
Que reconocer que tenemos miedo nos hace débiles.
Así vamos construyendo una especie de armadura.
Nos mostramos fuertes cuando estamos cansados.
Decimos «estoy bien» cuando no lo estamos.
Intentamos resolver solos aquello que nos está desbordando.
Y quizá durante un tiempo funciona.
La armadura nos protege.
Pero también puede hacer algo más:
impedir que aquello que llevamos dentro pueda salir y que otras personas puedan acercarse.
Brené Brown lleva décadas investigando precisamente la relación entre vulnerabilidad, vergüenza, conexión y pertenencia. En su investigación, la conexión aparece como una necesidad humana fundamental, mientras que el miedo a ser rechazados o considerados indignos puede llevarnos a protegernos y escondernos.
Y aquí aparece una paradoja que me parece preciosa:
aquello que utilizamos para protegernos de la desconexión puede terminar alejándonos de los demás.
¿Qué escondes cuando tienes miedo de no pertenecer?
Si volvemos al artículo anterior, hablábamos de esa sensación de no encajar.
De intentar adaptarnos.
De esconder determinadas partes de nosotros para sentir que tenemos un lugar.
La vulnerabilidad nos lleva un paso más allá.
Porque para pertenecer de verdad no basta con estar dentro.
Necesitamos poder mostrarnos.
Y mostrarnos significa permitir que alguien conozca también aquello que no tenemos resuelto.
Nuestra inseguridad.
Nuestros miedos.
Nuestros errores.
Nuestros límites.
Nuestras necesidades.
Nuestra tristeza.
Incluso aquello que nos avergüenza.
No significa contárselo todo a todo el mundo.
Eso también es importante.
Ser vulnerable no significa exponernos indiscriminadamente.
Significa poder elegir conscientemente cuándo, cómo y con quién podemos mostrarnos sin necesidad de mantener siempre una imagen de fortaleza.
Pedir ayuda no es dejar de ser fuerte
Hay una frase que escucho con frecuencia:
«Yo puedo sola.»
Y algunas veces es verdad.
Puedes.
Pero una cosa es poder sola y otra muy diferente es creer que tienes que hacerlo todo sola.
Pedir ayuda requiere reconocer una necesidad.
Y reconocer una necesidad implica permitirnos aceptar que no somos autosuficientes.
Somos seres humanos.
Tenemos límites.
Nos cansamos.
Nos equivocamos.
Necesitamos a otros.
Y eso no disminuye nuestro valor.
Al contrario.
En ocasiones, pedir ayuda puede ser uno de los actos más honestos de autocuidado.
Quizá por eso, cuando alguien llega a mis acompañamientos sintiendo que tiene que poder con todo, una de las preguntas que podemos explorar es: ¿Qué ocurriría si durante un momento dejaras de demostrar que puedes con todo?
La vulnerabilidad necesita seguridad
Pero aquí quiero hacer una precisión importante.
No creo que debamos decirle a alguien:
«Tienes que abrirte.»
«Tienes que contar lo que sientes.»
«Tienes que mostrarte vulnerable.»
Porque la vulnerabilidad no puede convertirse en otra obligación.
Para poder mostrarnos necesitamos sentir que existe un espacio suficientemente seguro para hacerlo.
La propia Brené Brown advierte sobre esto cuando relaciona vulnerabilidad y seguridad emocional: no todos los contextos son seguros para quitarnos la armadura, y pedir vulnerabilidad sin tener en cuenta ese contexto puede ser injusto o incluso dañino.
Por eso, quizá la pregunta no sea:
«¿Por qué no soy capaz de abrirme?»
Sino:
«¿Con quién me siento suficientemente seguro como para poder hacerlo?»
La diferencia es enorme.
Vulnerabilidad no significa contar más
A veces pensamos que ser vulnerables significa hablar mucho de nosotros.
Contar nuestra historia.
Explicar nuestros problemas.
Decir todo lo que sentimos.
Pero no necesariamente.
A veces la vulnerabilidad puede ser algo mucho más pequeño.
Decir:
«Esto me ha dolido.»
«Tengo miedo.»
«No sé qué hacer.»
«Necesito ayuda.»
«No estoy bien.»
«Me importa mucho lo que piensas.»
«No puedo hacerlo hoy.»
Son frases sencillas.
Pero detrás de ellas hay algo enorme:
la decisión de dejar de escondernos.
Y cuando alguien se atreve, algo puede cambiar
Hay algo especialmente bonito en la vulnerabilidad.
Cuando una persona se atreve a mostrarse, muchas veces abre una puerta para que la otra también pueda hacerlo.
Un:
«Tengo miedo»
puede recibir un:
«Yo también.»
Un:
«No puedo más»
puede encontrarse con:
«Gracias por decírmelo.»
Un:
«Necesito ayuda»
puede recibir:
«Estoy aquí.»
Brené Brown habla de esta reciprocidad entre vulnerabilidad y valentía: cuando alguien se atreve a mostrarse, puede abrir espacio para que la otra persona también lo haga.
Y quizá ahí comienza una forma diferente de conexión.
No desde la perfección.
No desde la imagen que queremos proyectar.
Sino desde lo humano.
Quizá pertenecer también sea poder decir «esto soy»
Si en el artículo anterior hablábamos de encontrar lugares donde podamos ser nosotros mismos, hoy añadiría algo más:
para sentir que pertenecemos necesitamos atrevernos, poco a poco, a llevarnos enteros con nosotros.
No solo nuestra parte divertida.
No solo nuestros logros.
No solo aquello de lo que nos sentimos orgullosos.
También nuestras dudas.
Nuestros límites.
Nuestros días malos.
Nuestras contradicciones.
Porque quizá pertenecer no consista en encontrar un lugar donde todos nos acepten.
Quizá consista en encontrar relaciones donde no tengamos que escondernos para ser aceptados.
Y para ello también necesitamos aprender a aceptarnos nosotros.
Una pregunta para llevarte contigo
Piensa en alguien importante para ti.
Y pregúntate:
¿Qué parte de mí todavía no me permito mostrarle?
No tienes que compartirla.
No tienes que hacer nada con la respuesta.
Simplemente observa.
Después pregúntate:
¿Qué temo que ocurra si esa persona la conoce?
Y quizá aparezca algo interesante.
Tal vez descubras que necesitas confiar más.
Tal vez necesites poner límites.
Tal vez esa relación no sea un espacio suficientemente seguro.
O quizá descubras que llevas mucho tiempo protegiéndote de un rechazo que nunca llegó.
Porque la vulnerabilidad no consiste en quitarse todas las defensas de golpe.
Consiste en aprender a distinguir cuándo necesitamos protegernos y cuándo podemos permitirnos abrir una pequeña puerta.
Y quizá, detrás de esa puerta, esté precisamente aquello que llevábamos tiempo buscando:
conexión.
Para quedarte pensando
La próxima vez que sientas la necesidad de decir «estoy bien» cuando en realidad no lo estás, prueba a detenerte.
Quizá no necesites contar toda tu historia.
Tal vez sea suficiente con decir:
«Hoy no estoy bien y necesito que simplemente estés conmigo.»
A veces, una pequeña verdad compartida puede ser el comienzo de una conexión mucho más auténtica.
«No se puede llegar al valor sin atravesar la vulnerabilidad.»
— Brené Brown
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