Nadie nos enseña a perder. Desde pequeños aprendemos a conseguir, a esforzarnos, a alcanzar objetivos, a luchar por lo que queremos. Aprendemos a ganar. Pero ¿quién nos enseña qué hacer cuando perdemos? Cuando aquello por lo que habíamos luchado desaparece: una relación, un trabajo, una capacidad, un sueño, una etapa que termina sin que estuviéramos preparadas para despedirnos de ella.
Incluso una versión de nosotras mismas. Porque hay pérdidas que no se ven. Y por eso a veces son especialmente difíciles de explicar.
No solo perdemos lo que ya no está
Cuando hablamos de duelo pensamos en la ausencia: en aquello que ya no tenemos. Pero una pérdida se lleva más cosas: rutinas, proyectos, certezas, vínculos, lugares, planes… y una imagen de futuro.
No solo lloramos lo que hemos perdido. A veces lloramos la vida que imaginábamos que tendríamos: el viaje que ya no haremos, el trabajo con el que nos identificábamos, el cuerpo que creíamos que nos acompañaría siempre, la persona que pensábamos ser dentro de diez años.
Por eso hay pérdidas que resultan incomprensibles desde fuera. «No ha pasado tanto», piensan. Pero quien la atraviesa sabe que dentro de esa pérdida puede haberse derrumbado todo un mundo.
El duelo no tiene prisa
Vivimos en una sociedad incómoda ante el dolor. Queremos una explicación rápida, una solución, una enseñanza. Y cuando alguien sufre, le decimos que tiene que ser fuerte, que todo pasa, que de todo se aprende.
Pero quizá antes de mirar hacia delante necesitamos permiso para mirar lo que hemos perdido. Aceptar no significa que deje de doler. Avanzar no significa olvidar. Y no todo tiene que convertirse en una historia bonita: hay cosas que duelen sin más.
El duelo necesita espacio, tiempo y poder ser expresado sin tener que justificarlo.
Lo que permanece
Aunque no siempre podemos elegir lo que la vida nos quita, sí podemos decidir qué hacemos con lo que permanece. Y permanece más de lo que somos capaces de ver cuando estamos en medio del dolor: nuestra historia, la capacidad de aprender, las personas que nos quieren, los recursos que hemos desarrollado, la capacidad de pedir ayuda y de volver a ilusionarnos.
Quizá al principio solo puedas reconocer una cosa pequeña: una persona, un momento de calma, un deseo. Puede ser suficiente.
Porque reconstruirse no consiste en levantar la misma casa. Y aquí está la trampa más común después de una pérdida: pensar que tenemos que volver a ser las de antes, como si sanar significara recuperar nuestra versión anterior. Pero algunas experiencias nos cambian, y no hace falta luchar contra ese cambio. A veces consiste en descubrir que podemos construir otra casa. Una que no habríamos elegido, pero en la que todavía puede haber vida.
Encontrar sentido no significa justificar el dolor
Con el tiempo aparecen aprendizajes que antes no veíamos, una fortaleza que desconocíamos, incluso una nueva dirección. Pero encontrar sentido no significa que la pérdida fuera necesaria, ni que todo ocurra por algo, ni que tengamos que agradecer lo que nos hizo daño. A veces el sentido aparece después, y lo construimos nosotras en la manera en que decidimos vivir a partir de lo que nos ocurrió.
Por eso quizá la pregunta, después de una pérdida, no sea «¿cómo vuelvo a ser quien era?», sino «¿quién puedo llegar a ser a partir de aquí?». Y esa pregunta, aunque nazca del dolor, también puede abrir una puerta.
«No siempre podemos elegir lo que la vida nos quita, pero sí podemos decidir qué hacemos con lo que permanece.»
— Merche Zornoza
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