Nota de serie: este artículo forma parte de la serie sobre el autoconocimiento que empecé con «Quién soy cuando nadie me mira» y continué con «Conocerte sin etiquetas: más allá de los tests de personalidad».
¿Cuánto tiempo hace que no estás en silencio de verdad?
No me refiero solamente a estar en una habitación sin ruido.
Me refiero a un silencio en el que no estás escuchando un podcast, respondiendo mensajes, viendo vídeos, desplazándote por redes, pensando en lo siguiente que tienes que hacer o buscando algo que llene ese pequeño espacio vacío.
Porque quizá el problema no sea que tengamos demasiado ruido alrededor.
Quizá sea que hemos aprendido a no dejar ningún espacio sin él.
Y cuando todo está lleno de estímulos, hay algo que puede resultar muy difícil: escucharnos.
Estamos permanentemente conectados
Nos despertamos y, muchas veces, lo primero que hacemos es mirar una pantalla.
Mensajes.
Noticias.
Redes sociales.
Correos.
Vídeos.
Titulares.
Una conversación que dejamos pendiente.
Una tarea que tenemos que resolver.
Y cuando parece que por fin tenemos un momento libre, aparece otra cosa.
Abrimos el teléfono.
Comprobamos una notificación.
Entramos «solo un momento» en una red social.
Vemos un vídeo.
Después otro.
Y otro.
No necesariamente porque queramos.
A veces simplemente porque hemos aprendido a llenar cualquier espacio de espera con estímulos.
Esperamos el autobús y miramos el móvil.
Esperamos que hierva el agua y miramos el móvil.
Estamos haciendo ejercicio y escuchamos algo.
Estamos conduciendo y escuchamos un podcast.
Estamos solos y encendemos la televisión.
Nos acostamos y hacemos scroll.
Y quizá no nos damos cuenta de algo:
cuando nunca dejamos espacio para el silencio, tampoco dejamos demasiado espacio para nosotros.
El ruido no siempre viene de fuera
Cuando hablamos de desconectar, solemos pensar inmediatamente en el teléfono.
Y sí, las pantallas tienen mucho que ver con esta sobreestimulación.
Pero el ruido también puede estar dentro.
Pensamientos pendientes.
Preocupaciones.
Conversaciones imaginarias.
Expectativas.
- «Debería…»
- «Tengo que…»
- «¿Y si…?»
- «¿Qué estarán pensando?»
- «¿Qué debería hacer ahora?»
Puedes estar sentado en absoluto silencio y tener la cabeza llena de ruido.
Por eso, desconectarse no significa únicamente apagar el teléfono.
Significa crear espacios en los que no tengas que responder constantemente a algo.
Ni a una pantalla.
Ni a una notificación.
Ni a una expectativa.
Ni siquiera a la necesidad de estar haciendo algo.
¿Qué ocurre cuando dejamos de distraernos?
Aquí aparece una parte interesante.
A veces buscamos estímulos no porque nos interesen, sino porque no queremos encontrarnos con lo que aparece cuando desaparecen.
El aburrimiento.
La tristeza.
La incertidumbre.
Una preocupación.
Una decisión que estamos evitando.
Una sensación que no sabemos nombrar.
Un deseo que llevamos tiempo posponiendo.
Por eso puede resultar incómodo quedarnos a solas con nosotros.
El silencio no siempre es relajante.
A veces revela.
Y quizá por eso necesitamos comprender que desconectarnos no significa sentirnos bien inmediatamente.
A veces significa tener la oportunidad de descubrir cómo estamos realmente.
La estimulación constante puede dificultar que distingas lo que quieres
Imagina que estás intentando escuchar una voz muy bajita mientras varias personas hablan a tu alrededor.
Puedes concentrarte.
Puedes intentarlo.
Pero tendrás que hacer un esfuerzo enorme.
Algo parecido puede ocurrir con nuestra vida interior.
Tu intuición puede estar ahí.
Tus necesidades pueden estar ahí.
Tus deseos pueden estar ahí.
Incluso aquello que sabes que necesitas cambiar puede estar ahí.
Pero si continuamente estás recibiendo información sobre lo que hacen los demás, lo que deberías conseguir, cómo deberías sentirte, qué deberías comprar, dónde deberías viajar o qué deberías estar haciendo con tu vida…
¿cómo saber qué quieres tú?
A veces no necesitamos encontrar más respuestas.
Necesitamos reducir el volumen de todo lo demás.
No todo lo que piensas cuando estás en silencio necesita una solución
Existe otra trampa.
Cuando conseguimos parar, inmediatamente queremos utilizar ese tiempo para mejorar.
Meditamos.
Escribimos.
Planificamos.
Analizamos.
Organizamos nuestros objetivos.
Buscamos una respuesta.
Y eso puede ser útil.
Pero también podemos convertir el autoconocimiento en otra tarea más de nuestra lista.
«Hoy tengo que conectar conmigo.»
«Hoy tengo que entender qué me pasa.»
«Hoy tengo que hacer journaling.»
«Hoy tengo que meditar.»
Y entonces incluso el silencio se convierte en productividad.
Quizá a veces podamos simplemente estar.
Sin sacar conclusiones.
Sin solucionar nada.
Sin convertir cada emoción en un problema que resolver.
Simplemente observar.
«Hoy estoy cansada.»
«Hoy estoy irritable.»
«Hoy estoy tranquila.»
«Hoy necesito compañía.»
«Hoy necesito estar sola.»
Eso también es conocerse.
Una práctica sencilla: los diez minutos sin estímulos
No necesitas hacer una gran desintoxicación digital.
Te propongo algo mucho más pequeño.
Busca diez minutos al día.
Sin móvil.
Sin televisión.
Sin podcast.
Sin música.
Sin leer.
Sin hacer tareas.
Puedes sentarte junto a una ventana, caminar, tomar un café o simplemente estar.
Y durante esos diez minutos no intentes conseguir nada.
Solo observa.
¿Qué aparece?
- ¿Aburrimiento?
- ¿Inquietud?
- ¿Necesidad de mirar el teléfono?
- ¿Pensamientos pendientes?
- ¿Alivio?
- ¿Tranquilidad?
- ¿Alguna emoción que llevabas todo el día evitando?
No tienes que cambiar nada.
Solo observar es ya una forma de conocerte.
Otra herramienta: distinguir necesidad de impulso
Esta práctica puede ser especialmente reveladora cuando tengas el teléfono cerca.
Cuando sientas el impulso de cogerlo, espera unos segundos y pregúntate:
¿Qué necesito realmente ahora?
Puede que necesites información.
Puede que necesites comunicarte con alguien.
Puede que necesites descansar.
Puede que estés aburrida.
Puede que estés incómoda.
Puede que estés evitando pensar en algo.
Puede que simplemente tengas el hábito de hacerlo.
No se trata de prohibirte coger el teléfono.
Se trata de introducir unos segundos entre el impulso y la respuesta.
Porque en esos segundos aparece algo muy valioso:
la posibilidad de elegir.
Pregúntate qué estás intentando no escuchar
Esta pregunta puede ser más incómoda, pero también más profunda:
¿Qué podría escuchar de mí si dejara de distraerme?
Quizá descubrirías que estás cansada de una situación.
Que necesitas poner un límite.
Que una relación ya no funciona como antes.
Que estás viviendo demasiado deprisa.
Que necesitas cambiar algo.
Que echas de menos una parte de ti.
Que tienes un deseo que llevas demasiado tiempo aplazando.
O quizá no aparezca nada especialmente profundo.
Quizá simplemente descubras que necesitas descansar.
También eso es información.
El objetivo no es convertir cada momento de silencio en una revelación.
Es recuperar la capacidad de escucharte sin tener que escapar inmediatamente de lo que encuentras.
Desconectar no significa desaparecer del mundo
Y esto también me parece importante.
No necesitamos convertirnos en personas aisladas.
No se trata de demonizar las redes sociales, la tecnología, los podcasts, las series o cualquier otra forma de entretenimiento.
Todo puede tener su lugar.
La cuestión es otra:
¿Lo eliges tú o lo haces automáticamente?
Hay una diferencia enorme.
Puedo entrar en Instagram porque quiero ver algo concreto.
O puedo abrirlo cada vez que siento un pequeño vacío.
Puedo escuchar un podcast porque me interesa el tema.
O porque no soporto conducir en silencio.
Puedo ver una serie porque quiero disfrutar.
O porque no quiero quedarme a solas con mis pensamientos.
La conducta puede ser exactamente la misma.
Lo que cambia es la relación que tenemos con ella.
Recuperar espacios propios
Quizá conocernos también implique recuperar pequeños territorios que no estén ocupados por nadie más.
Un paseo sin auriculares.
Una comida sin pantalla.
Un trayecto sin contenido.
Una mañana sin consultar inmediatamente qué está ocurriendo fuera.
Un rato en casa sin necesidad de producir.
Un cuaderno donde escribir sin intención de compartirlo.
Una conversación contigo misma que no tenga espectadores.
Son espacios aparentemente pequeños.
Pero pueden convertirse en lugares donde vuelves a escucharte.
Y cuanto más te escuchas, más fácil resulta distinguir:
- lo que quieres de lo que se supone que quieres.
- lo que necesitas de lo que estás acostumbrada a hacer.
- lo que sientes de lo que crees que deberías sentir.
- tu voz de las voces que has aprendido a repetir.
Quizá no necesites más respuestas
Vivimos rodeados de información sobre cómo vivir mejor.
Cómo descansar.
Cómo alimentarnos.
Cómo relacionarnos.
Cómo ser productivos.
Cómo gestionar nuestras emociones.
Cómo alcanzar nuestros objetivos.
Cómo ser felices.
Y aprender puede ser maravilloso.
Pero existe un momento en el que necesitamos cerrar el libro, apagar la pantalla y preguntarnos:
¿Y yo qué necesito?
No qué recomienda alguien.
No qué funciona para la mayoría.
No qué está de moda.
No qué debería hacer una persona como yo.
¿Qué necesito yo, ahora mismo?
Quizá esa respuesta no aparezca inmediatamente.
Y está bien.
Llevamos mucho tiempo recibiendo respuestas.
Es normal que necesitemos un poco de silencio para volver a escuchar nuestras propias preguntas.
Desconectarse también es volver a elegirse
Quizá el verdadero objetivo de desconectar no sea utilizar menos el teléfono.
Ni pasar menos tiempo en redes.
Ni conseguir una vida perfectamente equilibrada.
Quizá sea algo mucho más sencillo:
recuperar la capacidad de elegir dónde ponemos nuestra atención.
Porque aquello a lo que prestamos atención repetidamente termina ocupando espacio dentro de nosotros.
Y si todo nuestro espacio está ocupado por lo que sucede fuera, puede resultar muy difícil escuchar lo que sucede dentro.
Por eso, de vez en cuando, quizá necesitemos cerrar todas las ventanas.
No para aislarnos del mundo.
Sino para poder volver a abrir una que dé hacia dentro.
Y descubrir qué hay allí.
Qué sentimos.
Qué necesitamos.
Qué queremos.
Qué estamos evitando.
Qué estamos aprendiendo.
Y quién estamos siendo.
Porque quizá conocerte no empiece por encontrar una nueva respuesta.
Quizá empiece por hacer suficiente silencio para poder escuchar la pregunta.
«A veces no necesitas encontrarte. Necesitas dejar de perderte entre tanto ruido.»
— Merche Zornoza
¿Te has preguntado alguna vez cuánto de tu día está realmente elegido por ti y cuánto ocurre simplemente por hábito?
Si hoy tuvieras diez minutos sin pantallas, sin música y sin ninguna obligación de hacer nada, ¿qué crees que aparecería?
Y hay una pregunta más:
¿Qué parte de ti lleva tiempo intentando hacerse escuchar?
Si este artículo te ha ayudado a parar un momento y escucharte, puedes dejarme tu reflexión en los comentarios. Me encantará leerte.
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Porque conocerte no consiste únicamente en saber quién eres.
También consiste en aprender a escucharte.

