Espejo antiguo del que se despegan etiquetas de papel en blanco, con luz dorada cálida — Conocerte sin etiquetas

Conocerte sin etiquetas: más allá de los tests de personalidad

Nota de serie: este artículo continúa la serie sobre el autoconocimiento que empecé con «Quién soy cuando nadie me mira». Si no lo has leído, te invito a empezar por ahí.

¿Alguna vez has hecho un test de personalidad y has sentido que, de repente, alguien había conseguido explicarte?

«Soy introvertida.»

«Soy una persona altamente sensible.»

«Soy un INFJ.»

«Soy eneatipo 4.»

«Soy de apego evitativo.»

«Soy una persona muy racional.»

«Soy así porque mi personalidad es…»

Puede resultar fascinante encontrar palabras para describir lo que nos pasa.

Y, en cierto modo, puede ser incluso liberador.

Porque cuando algo que llevábamos tiempo sintiendo tiene un nombre, parece que por fin podemos entenderlo.

El problema aparece cuando el nombre deja de ser una herramienta para comprendernos y empieza a convertirse en una definición de quiénes somos.

Porque conocerse no consiste en encontrar la etiqueta que mejor encaja contigo.

Consiste en descubrir qué hay detrás de ella.

La necesidad de saber «qué tipo de persona soy»

Creo que existe algo muy humano detrás de esta tendencia.

Queremos entendernos.

Queremos saber por qué reaccionamos como reaccionamos, por qué algunas situaciones nos afectan más que otras, por qué necesitamos estar solos o acompañados, por qué nos cuesta poner límites o por qué determinadas relaciones nos remueven tanto.

Y cuando encontramos una explicación, sentimos alivio.

«Ahora lo entiendo.»

Ese momento puede ser muy valioso.

Pero también puede convertirse en una trampa.

Porque una explicación puede ayudarnos a comprender nuestro comportamiento, pero no debería convertirse en una sentencia sobre nuestra identidad.

Hay una diferencia enorme entre decir:

«Esto me ayuda a entenderme.»

y decir:

«Yo soy esto.»

La primera abre una puerta.

La segunda puede cerrarla.

Una etiqueta describe una parte, pero nunca puede contenerte entera

Imagina que alguien te dice que eres introvertida.

Puede que sea cierto que disfrutas más de los espacios tranquilos, que necesitas tiempo a solas para recuperar energía o que prefieres las conversaciones profundas a los grupos grandes.

Pero ¿significa eso que no puedes disfrutar de una fiesta?

¿Que no puedes hablar delante de cien personas?

¿Que no puedes hacer nuevos amigos?

¿Que no puedes ser espontánea?

Por supuesto que no.

La etiqueta puede describir una tendencia.

Pero tú eres mucho más que esa tendencia.

Lo mismo ocurre con cualquier otra clasificación.

Puede ayudarnos a poner palabras a determinados patrones, pero ninguno de nosotros cabe completamente dentro de una categoría.

Porque somos personas.

Y las personas cambiamos.

El peligro de convertir una descripción en una identidad

Hay algo especialmente interesante que ocurre cuando nos identificamos mucho con una etiqueta: empezamos a buscar pruebas que la confirmen.

Si pienso que soy una persona insegura, prestaré más atención a las situaciones en las que dudo.

Si pienso que soy evitativa, interpretaré determinados comportamientos desde ahí.

Si creo que soy «demasiado sensible», quizá empiece a considerar cualquier emoción intensa como una prueba de que algo en mí funciona mal.

Y entonces ocurre algo curioso:

la etiqueta que utilizábamos para comprendernos empieza a influir en la forma en la que nos vemos.

Incluso puede condicionar nuestras decisiones.

«Yo no puedo hacer eso, porque soy así.»

«Las relaciones no se me dan bien.»

«Yo siempre he sido insegura.»

«Es que necesito tenerlo todo bajo control.»

«Soy demasiado emocional.»

«Yo soy de las personas que…»

Ese «yo soy» puede parecer una simple manera de hablar.

Pero muchas veces lleva escondida una creencia mucho más profunda:

«Y, por tanto, no puedo ser de otra manera.»

No eres una fotografía

Quizá una de las mayores dificultades para conocernos sea que queremos encontrar una definición estable.

Como si algún día pudiéramos descubrir exactamente quiénes somos y, a partir de ahí, tener todas las respuestas.

Pero yo cada vez entiendo más el autoconocimiento de otra manera.

No somos una fotografía. Somos un proceso.

Hay cosas que hoy me definen y mañana quizá ya no.

Hay comportamientos que antes eran habituales y que he conseguido modificar.

Hay aspectos de mí que desconocía y que he descubierto con el tiempo.

Hay situaciones que despiertan una versión de mí que no conocía.

Y hay experiencias que me han obligado a reconstruir quién creía que era.

Por eso, quizá una pregunta más interesante que:

«¿Cómo soy?»

sea:

«¿Qué estoy descubriendo sobre mí?»

La primera busca una definición.

La segunda mantiene abierta la posibilidad de seguir creciendo.

Los tests pueden ser un espejo, no una sentencia

No quiero demonizar los tests de personalidad.

Pueden ser interesantes.

Pueden ayudarnos a descubrir aspectos que no habíamos observado.

Pueden generar conversaciones.

Pueden ofrecernos vocabulario para hablar de nosotros.

Y pueden ser un punto de partida.

El problema aparece cuando les concedemos una autoridad que no tienen.

Un resultado no puede conocer toda tu historia.

No conoce tus circunstancias.

No sabe qué has vivido.

No conoce tus heridas, tus aprendizajes, tus relaciones, tus contradicciones ni las circunstancias concretas en las que aparece un determinado comportamiento.

Y, sobre todo, un resultado no puede decidir quién puedes llegar a ser.

Por eso, cuando hagas un test de personalidad, quizá puedas cambiar una pregunta:

En lugar de preguntarte:

«¿Esto soy yo?»

pregúntate:

«¿Qué parte de esto me ayuda a comprenderme mejor?»

La diferencia parece pequeña.

Pero cambia completamente la relación que estableces con la etiqueta.

Pregúntate qué hay detrás de la etiqueta

Si te has identificado alguna vez con una determinada descripción, te propongo ir un poco más allá.

Por ejemplo:

«Soy insegura.»

Vale.

Pero…

¿En qué situaciones aparece mi inseguridad?

¿Qué temo que ocurra?

¿Qué necesito en esos momentos?

¿Qué aprendí sobre mí o sobre los demás que puede estar influyendo?

«Soy controladora.»

De acuerdo.

Pero…

¿Qué intento evitar cuando necesito tenerlo todo bajo control?

¿Qué siento cuando algo se escapa de mis manos?

¿Qué necesitaría para sentirme segura sin controlar tanto?

«Soy demasiado sensible.»

Bien.

Pero…

¿Qué cosas percibo que otras personas quizá no perciben?

¿Qué emociones me cuesta gestionar?

¿Qué necesito aprender para cuidar esa sensibilidad sin vivirla como un defecto?

¿Ves la diferencia?

La etiqueta termina en «soy así».

El autoconocimiento continúa con un:

«¿Por qué?»

Y después:

«¿Para qué?»

Y finalmente:

«¿Qué puedo hacer con lo que descubro?»

Una herramienta sencilla: cambia el «soy» por el «a veces»

Te propongo un pequeño ejercicio.

Durante una semana, escucha cómo hablas de ti.

Cada vez que aparezca una frase como:

«Soy desorganizada.»

«Soy insegura.»

«Soy muy nerviosa.»

«Soy una persona que necesita agradar

«Soy incapaz de…»

Detente.

Y cambia la frase.

En lugar de:

«Soy desorganizada.»

Prueba:

«A veces me cuesta organizarme.»

En lugar de:

«Soy insegura.»

Prueba:

«Hay situaciones en las que dudo de mí.»

En lugar de:

«Soy incapaz de poner límites.»

Prueba:

«Todavía me cuesta poner límites en determinadas situaciones.»

No se trata de engañarte ni de utilizar pensamientos positivos para negar lo que ocurre.

Se trata de introducir algo que las etiquetas suelen eliminar:

posibilidad.

Porque una conducta puede cambiar.

Una dificultad puede comprenderse.

Un patrón puede modificarse.

Una emoción puede aprenderse a gestionar.

Y una historia puede escribirse de otra manera.

También puedes preguntarte: ¿quién me enseñó a verme así?

Esta es una pregunta que me parece especialmente poderosa.

Porque algunas de nuestras etiquetas no las hemos elegido nosotros.

Nos las fueron colocando.

«Eres tímida.»

«Eres despistada.»

«Eres demasiado sensible.»

«Eres difícil.»

«Eres responsable.»

«Eres la fuerte.»

«Eres la que siempre puede con todo.»

Y quizá algunas terminaron formando parte de nuestra identidad sin que nunca nos preguntáramos si seguían siendo ciertas.

Por eso, cuando aparezca una definición muy arraigada sobre ti, puedes preguntarte:

¿Esta idea nació de mí o alguien me la enseñó?

¿Sigue describiéndome hoy?

¿Qué pruebas tengo de que esto sea siempre cierto?

¿Qué parte de mí queda fuera de esta etiqueta?

Esta última pregunta puede abrir espacios enormes.

Porque quizá llevas años definiéndote como «la fuerte» y nadie ha visto cuánto necesitas que alguien te cuide.

Quizá te has definido como «la responsable» y has olvidado que también tienes derecho a equivocarte.

Quizá te has llamado «insegura» cuando, en realidad, llevas mucho tiempo aprendiendo a confiar en ti.

Conocerte no es clasificarte

A veces queremos conocernos acumulando información.

Un test.

Un libro.

Un resultado.

Un diagnóstico.

Una etiqueta.

Un perfil.

Y cada nueva respuesta parece acercarnos un poco más a la persona que creemos que somos.

Pero quizá el autoconocimiento tenga menos que ver con acumular definiciones y mucho más con aprender a observarnos.

Observar qué sentimos.

Qué necesitamos.

Qué evitamos.

Qué deseamos.

Qué repetimos.

Qué nos activa.

Qué nos calma.

Qué nos hace crecer.

Qué hacemos cuando tenemos miedo.

Qué hacemos cuando nadie nos mira.

Qué partes de nosotros mostramos y cuáles escondemos.

Y también qué estamos aprendiendo de todo ello.

Porque conocerte no significa poder decir:

«Ya sé exactamente quién soy.»

Quizá significa poder decir:

«Estoy aprendiendo a reconocerme.»

Y quizá esa sea la diferencia entre una etiqueta y un mapa

Una etiqueta intenta resumirte.

Un mapa te ayuda a orientarte.

Y para mí, esa diferencia representa muy bien la filosofía del Método C3RT.

Este territorio no pretende decirte quién eres. Quiere ayudarte a descubrirlo por ti misma.

Porque una etiqueta puede decirte dónde encajas.

Pero el autoconocimiento te permite descubrir hacia dónde quieres caminar.

No necesitas encontrar una palabra perfecta que explique toda tu personalidad.

Necesitas aprender a escucharte.

A observarte.

A cuestionar las historias que has construido sobre ti.

Y a permitirte cambiar aquellas que ya no te representan.

Porque quizá conocerte no sea encontrar la etiqueta correcta.

Quizá sea dejar de necesitar una para sentir que sabes quién eres.

«No necesitas una etiqueta que te explique. Necesitas espacio para descubrirte.»
— Merche Zornoza

Si este artículo te ha hecho cuestionarte alguna de las etiquetas con las que te has definido, me encantará leerte en los comentarios.

¿Qué etiqueta has utilizado durante años para describirte y hoy empiezas a cuestionar?

¿Hay alguna característica que siempre hayas considerado parte de ti y que quizá sea solamente una respuesta que aprendiste?

Y si quieres seguir profundizando en el autoconocimiento y en los diferentes territorios del Método C3RT, puedes suscribirte gratuitamente para recibir todos los nuevos contenidos que voy publicando.

Porque conocerte no consiste en descubrir quién eres de una vez para siempre.

Consiste en aprender a reconocerte mientras sigues cambiando.

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Merche Zornoza
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