Hay cosas que nos cuesta soltar. Una relación. Una etapa. Una expectativa. Una manera de hacer las cosas. Una imagen de quienes creemos que deberíamos ser.
Y a veces pensamos que, si seguimos intentando, si ponemos un poco más de esfuerzo, si tenemos paciencia, si encontramos la manera adecuada de hacerlo funcionar… conseguiremos que todo vuelva a ser como antes.
Pero quizá hay algo que no nos hemos preguntado: ¿cuánta energía estoy gastando en intentar que algo no cambie?
Porque no siempre estamos sosteniendo algo porque queremos. A veces estamos aferrándonos. Y no es lo mismo.
Sostener o aferrarse
Sostener puede ser una elección. Cuidar una relación porque nos importa. Seguir trabajando por un proyecto porque creemos en él. Acompañar a alguien porque queremos estar ahí. Mantener un compromiso porque forma parte de nuestros valores. Hay algo de voluntad en ese gesto.
Pero aferrarse es diferente. Aferrarse aparece cuando necesitamos que algo permanezca como está porque nos cuesta aceptar lo que ocurriría si cambiara. Y entonces nuestra energía ya no está puesta en vivir aquello que tenemos. Está puesta en evitar perderlo.
Quizá ahí está una de las diferencias más importantes. Cuando sostienes algo porque lo eliges, puedes estar presente. Cuando te aferras, estás pendiente de que no se mueva. Y vivir pendiente de que algo no cambie puede resultar agotador.
A veces no queremos conservar lo que tenemos. Queremos conservar cómo nos hacía sentir
Esto puede ocurrir con una relación que ya no es la misma. Con un trabajo que durante un tiempo nos dio seguridad y que ahora nos pesa. Con una etapa de nuestra vida que recordamos con cariño. Con una versión de nosotros mismos que ya no encaja del todo con quien somos hoy. Incluso con determinadas expectativas.
A veces no queremos realmente seguir ahí. Lo que queremos es recuperar cómo nos sentíamos cuando aquello funcionaba. Y eso puede mantenernos mucho tiempo intentando reconstruir algo que, quizá, ya ha cambiado.
Porque aceptar que algo ha cambiado también implica aceptar que nosotros hemos cambiado con ello. Y eso no siempre resulta sencillo.
El cansancio de intentar que todo permanezca igual
Hay un tipo de cansancio del que hablamos poco. No es el cansancio de hacer muchas cosas. Es el cansancio de resistirnos a lo que está ocurriendo. De darle vueltas a una conversación. De intentar anticiparnos. De buscar la manera de recuperar lo que había. De preguntarnos qué podríamos hacer para que esa persona vuelva a comportarse como antes. De intentar ser quienes éramos cuando aquella versión de nuestra vida funcionaba.
Y quizá, sin darnos cuenta, terminamos utilizando una parte enorme de nuestra energía en una batalla que nunca podremos ganar: hacer que la vida permanezca quieta.
Pero la vida se mueve. Las personas cambian. Las relaciones cambian. Nosotros cambiamos. Nuestras necesidades cambian. Y que algo cambie no significa necesariamente que haya salido mal. A veces significa simplemente que ha llegado a otro lugar.
¿Y si sostener también pudiera significar dejar que algo cambie?
Esta pregunta puede resultar incómoda. Porque hemos aprendido a valorar mucho la perseverancia. A no rendirnos. A luchar por lo que queremos. A insistir. Y todo eso puede ser muy valioso.
Pero también necesitamos aprender a distinguir entre perseverar y resistirnos. Entre seguir porque todavía tiene sentido y seguir porque nos da miedo parar. Entre cuidar y controlar. Entre elegir y necesitar.
No todo lo que abandonamos es un fracaso. Y no todo lo que mantenemos es una victoria. A veces seguir sosteniendo algo puede alejarnos precisamente de aquello que estamos intentando proteger.
Una pequeña pausa
Quizá estos días puedas observar alguna situación de tu vida que te esté generando especialmente cansancio. No hace falta que pienses en algo enorme. Puede ser una relación, una preocupación, una expectativa o incluso una exigencia contigo.
Y prueba a hacerte estas preguntas:
¿Estoy sosteniendo esto porque todavía lo elijo?
¿O porque me cuesta imaginar qué habrá si lo dejo?
¿Estoy cuidándolo o intentando controlarlo?
¿Estoy aceptando lo que es hoy o intentando recuperar lo que fue?
Y hay una pregunta más que puede ser especialmente reveladora: si no tuviera miedo de perderlo, ¿seguiría queriendo sostenerlo?
No necesitas responder inmediatamente. Algunas preguntas necesitan quedarse un rato con nosotros.
Quizá no se trata de soltar
A veces hablamos de soltar como si fuera un acto voluntario y sencillo. Como si bastara con decidir: «Esto ya no me sirve. Lo dejo atrás.» Pero la vida no suele funcionar así.
Hay cosas que necesitamos comprender antes de poder dejar de aferrarnos a ellas. Necesitamos reconocer qué significaron. Qué nos dieron. Qué intentábamos proteger. Qué miedo había detrás. Y quizá, sobre todo, necesitamos confiar un poco más en nuestra capacidad para atravesar aquello que todavía no conocemos.
Porque tal vez el problema no sea que no sabemos soltar. Tal vez el problema sea que todavía no confiamos en que podremos estar bien cuando aquello a lo que nos aferramos ya no esté. Y entonces seguimos sujetando. Aunque canse. Aunque duela. Aunque una parte de nosotros sepa que ya no es como antes.
Este otoño me recuerda que hay una diferencia entre sostener una hoja y aferrarse a ella. El árbol no deja de ser árbol cuando pierde sus hojas. Simplemente atraviesa otra estación. Y quizá nosotros también podamos aprender a hacer lo mismo: reconocer cuándo algo merece nuestro cuidado y cuándo estamos gastando demasiada energía intentando impedir que cambie.
Porque sostener lo que amas puede ser una forma de cuidar. Pero aferrarte a lo que ya está cambiando también puede ser una forma de dejar de cuidarte a ti.
Y quizá la pregunta no sea: «¿Qué tengo que soltar?». Sino algo mucho más honesto: «¿A qué estoy intentando aferrarme y qué me está costando hacerlo?»
Ahí puede empezar una conversación diferente contigo. Una conversación sin prisas. Sin respuestas prefabricadas. Y sin necesidad de saber todavía qué vendrá después. Porque quizá no se trata de soltar. Quizá se trata, simplemente, de dejar de luchar contra aquello que ya está cambiando.
Si este artículo te ha hecho pensar en algo de tu propia vida, quizá puedas quedarte unos minutos con esa pregunta. No para encontrar una respuesta inmediata, sino para escuchar qué aparece. Y si te apetece compartirlo, me encantará leerte en comentarios.
«No puedes detener las olas, pero puedes aprender a surfear».
— Jon Kabat-Zinn
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