Hay momentos en la vida en los que todo parece envuelto en niebla.
No sabemos qué decisión tomar, por qué nos sentimos como nos sentimos o hacia dónde queremos ir. Esa incertidumbre suele resultarnos incómoda. Queremos respuestas rápidas, certezas inmediatas y la tranquilidad de sentir que volvemos a tener el control.
Por eso hacemos lo que hemos aprendido durante años: pensar más.
Analizamos cada posibilidad, buscamos consejos, le damos vueltas una y otra vez a la situación, convencidos de que, si pensamos lo suficiente, acabaremos encontrando la respuesta.
Sin embargo, cuanto más intentamos forzar la claridad, más parece alejarse.
Y quizá la razón sea muy sencilla.
La claridad no siempre nace del pensamiento.
Con frecuencia nace de la capacidad de permanecer junto a lo que sentimos.
La prisa por dejar de sentir
Vivimos en una cultura que valora las soluciones rápidas.
Cuando aparece la tristeza queremos dejar de estar tristes. Si sentimos miedo buscamos eliminarlo. Si llega la confusión pensamos que algo está fallando.
Nos han enseñado que las emociones incómodas son un problema que hay que resolver cuanto antes.
Pero las emociones no aparecen para complicarnos la vida.
Aparecen para informarnos.
Son una forma de comunicación entre nuestra experiencia y nuestra conciencia.
Cuando intentamos silenciarlas demasiado deprisa, no desaparecen. Simplemente dejan de ser escuchadas.
Y aquello que no escuchamos suele encontrar otras maneras de hacerse presente: a través del estrés, del agotamiento, de la ansiedad o de esa sensación persistente de estar desconectados de nosotros mismos.
La confusión también forma parte del camino
La confusión tiene mala fama.
La interpretamos como una señal de debilidad o de incapacidad para decidir.
Pero muchas veces ocurre justo lo contrario.
La confusión aparece cuando la persona que éramos ya no puede explicar lo que estamos viviendo y la persona que estamos llegando a ser todavía no ha terminado de construirse.
Es un espacio de transición.
Como cuando la niebla cubre un paisaje al amanecer.
No significa que el camino haya desaparecido.
Solo significa que todavía no podemos verlo con claridad.
Y esa diferencia lo cambia todo.
Escuchar antes de responder
Muchas de las respuestas que buscamos no necesitan más análisis.
Necesitan más escucha.
Escuchar el cuerpo cuando pide descanso.
Escuchar la emoción que aparece una y otra vez.
Escuchar esa intuición que lleva tiempo intentando hacerse un hueco entre el ruido de las obligaciones y las expectativas.
Cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos, ocurre algo curioso.
La emoción empieza a transformarse.
No porque la hayamos vencido, sino porque por fin ha sido reconocida.
Y aquello que encuentra un espacio donde ser escuchado deja de necesitar llamar nuestra atención con tanta intensidad.
Lo que nos enseñó Carl Gustav Jung
Carl Gustav Jung escribió que muchas de las dificultades que experimentamos nacen de vivir alejados de nuestro mundo interior.
Para él, el crecimiento personal no consistía en evitar la oscuridad, sino en acercarnos a ella con curiosidad y valentía.
Solo cuando dejamos de rechazar una parte de nosotros podemos comprenderla.
Y solo cuando la comprendemos puede comenzar una transformación auténtica.
No se trata de recrearse en el sufrimiento.
Se trata de dejar de huir de él para descubrir qué intenta enseñarnos.
La claridad no se busca, se cultiva
Quizá hoy no necesites encontrar todas las respuestas.
Quizá solo necesites bajar el ritmo.
Respirar un poco más despacio.
Aceptar que no pasa nada por no saber todavía.
Permitir que la niebla haga su trabajo mientras tú haces el tuyo: permanecer presente.
Con el tiempo descubrirás que muchas de las decisiones más importantes de tu vida no nacieron del momento en que encontraste una respuesta.
Nacieron del instante en que dejaste de pelearte con la pregunta.
La claridad no suele llegar como un destello repentino.
Llega despacio.
Como la luz del amanecer atravesando la niebla.
Y cuando aparece, comprendes que siempre estuvo creciendo dentro de ti.
“Quien mira hacia fuera sueña; quien mira hacia dentro despierta.”
— Carl Gustav Jung
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