Con el paso del tiempo he comprendido que muchas madres y muchos padres no buscan hacerlo perfecto.
Buscan hacerlo lo mejor que saben.
Sin embargo, en el camino aparecen las dudas.
¿Estoy educando bien?
¿Debería ser más firme?
¿Le estoy dando demasiada libertad?
¿Y si me estoy equivocando?
Vivimos rodeados de consejos, opiniones y modelos de crianza que, en ocasiones, terminan generando más inseguridad que confianza.
Quizá por eso merece la pena detenernos y recordar algo importante.
Nuestros hijos no necesitan padres perfectos.
Necesitan adultos presentes, disponibles emocionalmente y capaces de reparar cuando se equivocan.
¿Qué entendemos por crianza respetuosa?
La crianza respetuosa no consiste en decir siempre que sí.
Tampoco significa evitar los límites o dejar que los niños hagan todo aquello que desean.
La crianza respetuosa consiste en reconocer que nuestros hijos son personas completas desde el primer día.
Personas con emociones, necesidades y un ritmo propio de desarrollo.
Educar desde el respeto significa acompañar esas necesidades sin perder de vista nuestra responsabilidad como adultos.
Porque el respeto también incluye poner límites.
Pero hacerlo desde la calma, la firmeza y el vínculo.
No desde el miedo.
Antes de corregir, necesitamos comprender
Muchas veces interpretamos determinados comportamientos infantiles como desobediencia.
Sin embargo, detrás de una rabieta puede haber frustración.
Detrás de un grito puede haber cansancio.
Detrás de una negativa puede esconderse una necesidad de autonomía.
Los niños no siempre saben expresar con palabras aquello que sienten.
Y su conducta suele convertirse en el lenguaje con el que intentan comunicarse.
Cuando cambiamos la pregunta «¿Qué le pasa a mi hijo?» por «¿Qué estará necesitando en este momento?», también cambia nuestra manera de acompañarlo.
Educar también es mirarnos a nosotros mismos
Quizá uno de los mayores aprendizajes de la maternidad y la paternidad sea descubrir que muchas veces no reaccionamos únicamente a lo que hace nuestro hijo.
Reaccionamos también a nuestra propia historia.
A cómo fuimos educados.
A las frases que escuchamos de pequeños.
A las heridas que todavía no hemos terminado de sanar. Si te resuena esta reflexión, te invito a leer más sobre las heridas emocionales y cómo nos condicionan.
Nuestros hijos tienen una capacidad extraordinaria para mostrar aquello que aún necesita ser atendido en nosotros.
Y aunque esto pueda resultar incómodo, también representa una oportunidad inmensa para crecer.
Algunas claves para una crianza más consciente
1. Conectar antes de corregir
Un niño que se siente comprendido está mucho más dispuesto a escuchar.
El vínculo abre puertas que la imposición rara vez consigue abrir. Si quieres profundizar en esta mirada, el artículo sobre maternidad consciente explora justo esta idea.
2. Los límites siguen siendo necesarios
Los niños necesitan sentirse seguros.
Y la seguridad también se construye cuando existen límites claros, coherentes y sostenidos con respeto.
3. Validar no significa permitirlo todo
Podemos comprender una emoción sin aceptar cualquier comportamiento.
«Entiendo que estés enfadado» no significa «puedes pegar».
4. Reparar también educa
Todos perdemos la paciencia alguna vez.
Pedir perdón, reconocer un error y volver a conectar enseña mucho más que intentar aparentar perfección.
5. Cuidarte también forma parte de cuidar
Es difícil ofrecer calma cuando vivimos completamente agotados.
Los niños necesitan adultos disponibles.
Y para estar disponibles también necesitamos atender nuestro propio bienestar. La práctica del mindfulness, el arte de volver al momento presente, puede ayudarte a cultivar esa calma interior.
La crianza deja huella en ambos
A veces pensamos que somos nosotros quienes estamos educando a nuestros hijos.
Y es cierto.
Pero ellos también nos educan a nosotros.
Nos enseñan a tener paciencia.
A detenernos.
A flexibilizar nuestras expectativas.
A descubrir aspectos de nosotros que quizá nunca habríamos conocido.
No solo crecen ellos.
También crecemos nosotros.
Una invitación para hoy
Si eres madre o padre, quiero proponerte algo.
La próxima vez que tu hijo haga algo que despierte tu enfado, intenta detenerte unos segundos antes de reaccionar.
Respira.
Recuerda que, detrás de esa conducta, probablemente haya una emoción que todavía no sabe expresar.
Y pregúntate con honestidad.
¿Qué necesita mi hijo ahora?
¿Y qué necesita esa parte de mí que está reaccionando con tanta intensidad?
Quizá descubras que educar no consiste únicamente en formar a nuestros hijos.
También consiste en permitir que ellos nos transformen.
Porque la crianza respetuosa no busca padres perfectos.
Busca adultos dispuestos a crecer junto a sus hijos, construyendo una relación basada en el respeto, el amor y la confianza.
«Detrás de todo comportamiento hay un sentimiento. Y detrás de ese sentimiento hay una necesidad. Cuando satisfacemos la necesidad en lugar de centrarnos en el comportamiento, comenzamos a tratar la causa y no solo el síntoma.»
— Marshall B. Rosenberg
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