Hay una pregunta que muchas personas se hacen en silencio:
«¿Y si me equivoco?»
A veces aparece antes de tomar una decisión importante.
Otras veces surge cuando una etapa termina y todavía no sabemos cuál será la siguiente.
Y, casi sin darnos cuenta, empezamos a buscar una certeza que nos tranquilice.
Queremos estar completamente seguros antes de dar el paso.
Queremos saber que elegiremos bien.
Que nada saldrá mal.
Que no tendremos que volver atrás.
Como si vivir consistiera en encontrar el camino perfecto antes de empezar a caminar.
Pero ¿y si esa seguridad absoluta fuera un mito?
Nos enseñaron que dudar era una debilidad
Desde pequeños recibimos un mensaje muy sutil.
Parece que quien sabe qué quiere hacer transmite confianza.
Quien responde rápido parece más preparado.
Quien nunca duda da la impresión de tener el control.
Y, sin darnos cuenta, empezamos a pensar que la incertidumbre es un problema que debemos resolver cuanto antes.
Por eso intentamos eliminarla.
Buscamos más información. Pedimos otra opinión. Esperamos una señal definitiva. Retrasamos decisiones.
Confiamos en que, si esperamos lo suficiente, llegará un momento en el que todo estará claro. Pero ese momento casi nunca llega.
Porque la vida no funciona así.
La incertidumbre no siempre es una enemiga
Hay algo que rara vez nos explican.
La incertidumbre no significa que estés perdido.
Muchas veces significa que estás creciendo.
Cuando atraviesas un cambio importante, todavía no puedes ver con claridad quién serás al otro lado.
Y eso resulta incómodo.
Nuestro cerebro prefiere lo conocido. Incluso cuando lo conocido nos hace sufrir. Porque lo conocido es predecible. Y lo predecible transmite una sensación de seguridad.
Por eso, cuando decides cambiar de trabajo, terminar una relación, iniciar un proyecto o simplemente empezar a vivir de una manera diferente, es normal que aparezca la incertidumbre.
No porque estés haciendo algo mal.
Sino porque estás saliendo de un lugar que tu mente ya conocía.
La necesidad de control
Muchas veces creemos que necesitamos controlar el futuro.
Pero, si observamos con atención, descubrimos otra cosa.
Lo que realmente buscamos es sentirnos seguros. Y confundimos seguridad con control.
Sin embargo, controlar cada paso de la vida es imposible. Siempre habrá conversaciones que no podrás anticipar. Decisiones cuyos resultados desconoces. Cambios que llegarán sin haberlos elegido.
Intentar eliminar toda incertidumbre es una batalla que nadie puede ganar.
Quizá la verdadera pregunta no sea:
«¿Cómo consigo estar completamente seguro?»
Sino:
«¿Cómo puedo aprender a caminar incluso cuando todavía no lo veo todo con claridad?»
Confiar no es saber
Hay personas que parecen muy seguras. Pero, cuando hablas con ellas, descubres algo sorprendente.
No tenían todas las respuestas cuando empezaron. Lo que tenían era la disposición de avanzar sin conocer el final del camino.
Confiar no significa saber exactamente qué va a ocurrir. Significa creer que, pase lo que pase, encontrarás recursos para afrontarlo.
Esa confianza no elimina el miedo. Lo acompaña.
Y eso cambia por completo la forma de vivir.
Como hemos visto en artículos anteriores sobre creencias y autoconocimiento, gran parte de nuestro crecimiento pasa por cuestionar aquello que damos por cierto sobre nosotros mismos y atrevernos a mirar hacia dentro sin juicio.
Una invitación diferente
Quizá hoy no necesites tomar todas las decisiones.
Ni resolver todas las dudas.
Ni encontrar la certeza que llevas tiempo buscando.
Quizá solo necesites dejar de exigirle a la vida algo que nunca prometió darte: la certeza absoluta.
La próxima vez que la incertidumbre aparezca, en lugar de preguntarte «¿Y si sale mal?», prueba con otra pregunta.
«¿Qué parte de mí puede crecer si me permito atravesar este momento sin tener todas las respuestas?»
No porque esa pregunta vaya a eliminar el miedo. Sino porque puede ayudarte a dejar de luchar contra él.
Y, a veces, eso ya es una forma de avanzar.
«Sentir miedo es natural. Lo importante es no dejar que el miedo decida por ti.» — Susan Jeffers
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